Quiero expropiar La Casita de Bad Bunny
No me gusta Bad Bunny, pero es por mi culpa, no suya. Como bien dice mi querido esposo, en cuestiones musicales solo me gustan las cosas "fritas o rebozadas". Esto es así porque no me he tomado la molestia de educarme, ni mostrado mucho interés -ni paciencia- en estudiar, aprender y apreciar estilos musicales distintos a los que ya me gustan. Algo que, por cierto, no he hecho ni con la literatura ni con el cine, y que me descalifica para ejercer cualquier tipo de crítica musical. Toda opinión que yo pudiera expresar sobre la música de Bad Bunny no dejaría de ser una farsa, una hipocresía y una burla, al igual que cuando el papa de Roma se pone a dar lecciones sobre el matrimonio o los derechos reproductivos de las mujeres.
Lo que quiero decir es que no tengo ni idea de si Bad Bunny es bueno, malo o mediopensionista como músico, porque está a años luz de la única música que me tomo la molestia de escuchar y porque nunca me he preocupado de dotarme de las herramientas que me permitirían tener un juicio razonado al respecto. Y me pasa lo mismo con Rosalía o los Pixies, por ejemplo. Ellos siguen su camino y yo el mío. Lo único que puedo decir sobre este tema sin sentirme una farsante es que me alegro de que gusten a la gente y que se puedan ganar bien la vida con su música. Que no todos en el mundo de la cultura tienen que ser hijos de streamers o influencers.
Así que andaba yo estos días feliz y ajena al mundo, ensimismada como estaba con mi Mandoloriano, mi Grogu y mi cita anual en el cine con El Señor de los Anillos. Rituales que me han servido de terapia frente el insoportable ruido de togas, las sacudidas tectónicas en la línea editorial de Prisa y la sobredosis de Cayetana Álvarez de Toledo diciendo tonterías -sobre cualquier cosa, da igual de lo que hable- con ese aire de gran señora pagada de sí misma que se gasta sin pudor alguno, cuando resulta que todos los grandes problemas que azotaban el Primer Mundo........
