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El órgano y las palomas mensajeras

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23.04.2026

Les voy a contar dos historias que se unen en el dolor insoportable, el dolor indescriptible del exterminio, al que Israel ha sometido a Gaza delante de los ojos de todo el mundo. También los nuestros. Ojos ciegos y oídos sordos, mentes adormecidas y corazones de plomo.

Exterminio que persiste, cuando ya los medios de comunicación han dado carpetazo al asunto, y que se ha ampliado después a Líbano, donde caen las bombas igual que cae del cielo la lluvia. El trueno y la furia.  Saltándose, como siempre hacen y con total impunidad, todas las normas y leyes internacionales. Incluso deteniendo y secuestrando a un soldado español, un casco azul de la ONU, que prestaba sus servicios - y su vida - en misión de paz en Beirut. ¿Cómo se atreven? Fácil respuesta: si hemos matado a 20.000 niños palestinos sin que nos tiemble la conciencia ni el pulso ¿cómo no detener a un soldado de la ONU o matar a tres de ellos?

La primera historia, de una emoción arrebatadora, relacionada con mi debilidad por los pájaros, la he tomado del periodista y escritor de Bogotá Keshava Liévano, que, con su autorización y mi agradecimiento, les resumo. El mérito, por supuesto, es todo suyo. La segunda, es de mi cosecha, al hacerme eco de lo que me cuenta entre lágrimas Ibrahim Al-Husseini, mi amigo palestino.

La hermosa y antigua ciudad de Gaza (3.500 años a. C.), que tenía hasta hace poco 700.000 habitantes, quedó convertida tras los permanentes bombardeos en una ciudad fantasma. ¡Adiós, bella Gaza, adiós! Apocalíptica. No hay ningún referente cercano, ni siquiera en el Berlín de la II Guerra Mundial, de una destrucción semejante, de una destrucción total. Por eso, el 90% de su población, es decir, 9 de cada 10 personas, tuvo que huir. Abandonar sus casas, sus trabajos, sus negocios, y marcharse hacia el sur, a los campos de desplazados, o hacia donde les mandaban los soldados israelíes a tirascazos. Todo un territorio, un país, convertido en un inmenso campo de refugiados. Muertos de sed y de hambre. Las fronteras cerradas a cal y canto.  De acá para allá, cien mil veces peor que un rebaño. Andando, con los niños a rastras, con sus pertenencias mínimas al hombro - es lo que les ha quedado tras toda una vida -, envueltas y atadas en una colcha, cargadas en un carrillo, en un burro enano y famélico, en un coche destartalado atestado de bultos y garrafas. O tirando de la silla de ruedas de la abuela que, con el retumbar de........

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