Mi hijo, 'Lux' y Rosalía: historia de una rendición
Llega un momento de la vida en que los hijos te abren sendas que amplían tu mundo. Es entonces cuando confirmas que la paternidad acaba siendo un viaje de ida y vuelta, más gozoso cuando es tu descendiente el que te regala cuadernos por escribir. Justo ahí es cuando vuelves a ser aprendiz desde otro lugar, en una de esas vueltas de tuerca con que los días nos sorprenden. Pocas cosas más disfrutonas como que sea tu hijo el que te descubra una película, una ciudad o una artista, en un proceso en el que sientes que la rueda del tiempo, imaginariamente, te lleva hacia ese momento adolescente en el que todo estaba por aprender.
Debo confesar que yo nunca había sentido especial interés por las artes de Rosalía, más allá de lo que me había impactado ver alguna de sus actuaciones, de lo que me había sobrecogido algún tema de "El mal querer" o de lo que me había llamado la atención cómo en tan poco tiempo ha dado tantos giros en su carrera, lo cual nos ha dado un pretexto perfecto para reprocharle falta de personalidad o, lo que es peor, para acusarla de acomodaticia a las exigencias del volátil mercado de la música. Cuando hace unos meses publicó Lux, e impulsado por la pasión de mi hijo me picó la curiosidad de escucharla con más atención, no tuve más remedio que reconocer que ahí había un talento singular. Talento que, a mi parecer, no es sino la suma de inteligencia, creatividad y trabajo. O sea, poco........
