Mi hijo, 'Lux' y Rosalía: historia de una rendición
Llega un momento de la vida en que los hijos te abren sendas que amplían tu mundo. Es entonces cuando confirmas que la paternidad acaba siendo un viaje de ida y vuelta, más gozoso cuando es tu descendiente el que te regala cuadernos por escribir. Justo ahí es cuando vuelves a ser aprendiz desde otro lugar, en una de esas vueltas de tuerca con que los días nos sorprenden. Pocas cosas más disfrutonas como que sea tu hijo el que te descubra una película, una ciudad o una artista, en un proceso en el que sientes que la rueda del tiempo, imaginariamente, te lleva hacia ese momento adolescente en el que todo estaba por aprender.
Debo confesar que yo nunca había sentido especial interés por las artes de Rosalía, más allá de lo que me había impactado ver alguna de sus actuaciones, de lo que me había sobrecogido algún tema de "El mal querer" o de lo que me había llamado la atención cómo en tan poco tiempo ha dado tantos giros en su carrera, lo cual nos ha dado un pretexto perfecto para reprocharle falta de personalidad o, lo que es peor, para acusarla de acomodaticia a las exigencias del volátil mercado de la música. Cuando hace unos meses publicó Lux, e impulsado por la pasión de mi hijo me picó la curiosidad de escucharla con más atención, no tuve más remedio que reconocer que ahí había un talento singular. Talento que, a mi parecer, no es sino la suma de inteligencia, creatividad y trabajo. O sea, poco que ver con la inspiración mágica de las musas ni con la sagacidad de quien vende su alma al mejor postor.
Tales expectativas se confirmaron y agrandaron cuando esta semana tuve la fortuna de disfrutar de su primer concierto en Barcelona. De la mano de mi hijo, al que seguí como perro fiel y al que yo fui descubriendo la ciudad a donde hace décadas emigraron sus bisabuelos, me entregué liberado de prejuicios y con todos mis sentidos bien abiertos al disfrute de un espectáculo impecable. Hacía tiempo que no veía sobre el escenario un montaje tan bien medido, tan profesionalmente planificado y ejecutado, y con un manejo perfecto de los ritmos y las emociones. En lo que es un monumental trabajo de equipo, Rosalía demuestra que, como suelen hacer las personas más inteligentes, se rodea de quienes saben más que ella y eso se traduce en dos horas en las que descubrimos las múltiples mujeres que habitan en la catalana, todo ello desde un engranaje que no oculta la autenticidad y el nervio de la artista. Tan divina y tan cercana. Tan humana en sus lágrimas de reencuentro con su tierra, la de Peret y la de Estopa, como en la complicidad que derrocha hacia un público al que no mira desde las alturas de la diosa.
En un país en el que con frecuencia valoramos poco la profesionalidad, y en el que a menudo confundimos el arte con la improvisación y el "todo vale", LUX, sobre el escenario, nos traspasa porque está pensado y sentido. Algo que, por otra parte, no daría sus frutos sin el poderío de una mujer que hace piruetas con la voz, que pasa de la intensidad dramática – mitad coplera, mitad diva italiana- al desparrame corporal y festivo de las estrellas pop que ya no quieren ser solo unos cuerpos sexualizados que calientan al personal. De la saeta "El Redentor", tema rescatado de su primer álbum, a las entrañas rasgadas por "Mio Cristo piange diamanti" o la espléndida "Magnolias", pasando por la fiesta de "Berghain" o varios temas de su Motomami, Rosalía se va abriendo en canal, juega con las artes y nos invita a una suerte de ópera en cuatro actos, en la que, por cierto, solo vi destellos de esa espiritualidad que muchos han aprovechado para criticarla. Por el contrario, yo vi mucha piel, mucha belleza y sí, mucho dios, pero en minúsculas, esas que permiten que cada cual lo identifique con un paisaje diverso.
Todo ello atravesado por la voz de una mujer que, como tantas otras, ya no dudan en cantarle las cuarenta a los "perlas" de turno, que se niegan a ser "novias robot" y que están deseosas de explorar las incógnitas del amor y del sexo por sí mismas. En este sentido, sus "confesionarios" con mujeres populares son la traducción, en la antítesis de las casposas y televisivas "Escenas de matrimonio", de una nueva época histórica en la que al fin las mujeres han cambiado silencio por confesiones, hartas de ser una especie de bailarinas delicadas encerradas en una caja de música. De esta manera, constatamos también cómo Rosalía sabe leer perfectamente el momento que le ha tocado vivir y eso le hace conectar todavía más con un público que la admira y que está convencido, en su mayoría entiendo, que nada hay más castrador que los dogmas, la coherencia absoluta y la perfección imposible en humanos que, como ella, estamos siempre en la cuerda floja del error y la torpeza.
En fin, fueron muchas las razones y las emociones que, en la noche vivida en el Palau San Jordi, me abrieron los ojos no solo para mirar de reojo a mi hijo, entregado a casi una "experiencia religiosa" pero sin catecismos de por medio, sino también para confirmar el poderío de una artista que, sobre las tablas y con el cuerpo progresivamente liberado de tocas y velos, de cuernos y pelucas, es una fuerza de la Naturaleza a la que deberíamos reconocer como estrella indiscutible. Más allá de los gustos personales, de las fobias que con tanta frecuencia nos llevan a los rechazos viscerales, en este país deberíamos estar orgullosos de tener talentazos como el de Rosalía: un ejemplar único en el que yo, también en el catalán de su noche en el Palau, no dejo de reconocer la "matria" a la que sí que me gustaría pertenecer. Confesión a la que llega un republicano como yo que, ante el prodigio de la hija de Pilar y José Manuel, solo puede implorar "God save the Queen".
