menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

La factura que no te enseñan

17 0
15.09.2026

Hay un momento en la vida adulta que tiene algo de rito de iniciación: recibir la primera nómina. Uno mira lo que ha ganado, después lo que finalmente ingresa en su cuenta y descubre una distancia entre ambas cifras. Es fácil entender lo que ocurre a continuación. Basta abrir TikTok, Instagram o X para encontrar a alguien dispuesto a explicarlo en treinta segundos: esto es lo que has trabajado, esto es lo que has ganado y esto es lo que el Estado se ha quedado. La cuenta es sencilla y, precisamente por eso, poderosa. Lo que casi nunca aparece en ese vídeo es la otra cuenta.

Porque cuando alguien recibe su primera nómina, su relación económica con el Estado no acaba de empezar. Lleva probablemente veinte o veinticinco años viviendo dentro de una arquitectura colectiva que ha hecho posible, entre otras muchas cosas, que llegue hasta esa nómina. Nació en un hospital, tuvo pediatra, vacunas, profesores, colegios, calles iluminadas, policía y bomberos. Quizá recibió una beca o alguna vez una ambulancia acudió cuando alguien de su familia la necesitó.

Nada de eso figura en la nómina. Sí aparece, perfectamente detallado, lo que aportamos, pero no existe una casilla que contabilice lo que hemos recibido antes de empezar a contribuir ni todo aquello que seguirá estando ahí si mañana lo necesitamos. Tal vez una parte del problema empiece precisamente en esa asimetría.

Relacionado con este tema

Récord de beneficios en el Ibex y un agujero fiscal: ¿pagan suficientes impuestos las grandes empresas?

Los últimos barómetros fiscales muestran una creciente desafección entre los jóvenes y una parte significativa considera que viviríamos mejor sin impuestos. La reacción más fácil sería atribuirlo al egoísmo o a la falta de conciencia cívica. Sería también la menos útil. Antes de juzgar a una generación convendría preguntarse qué experiencia concreta está teniendo del contrato social que le pedimos sostener.

Hay motivos para el malestar. Estamos pidiendo confianza institucional a jóvenes que han estudiado más que sus padres, pero tardan más en emanciparse; que trabajan y, aun así, no pueden pagar una vivienda; que observan cómo tener un empleo ya no garantiza construir un proyecto de vida. Responderles que deberían estar agradecidos porque existen hospitales y colegios sería no haber entendido la profundidad del problema.

Reconocer esa frustración, sin embargo, no obliga a aceptar todas las respuestas que........

© Público