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Siete minutos de ovación contra el derecho al aborto y la eutanasia

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Cuando mis hijos eran pequeños y preguntaban si cinco minutos eran poco o mucho tiempo, la respuesta más habitual que les dábamos era que el tiempo es relativo y que depende de las circunstancias que lo rodeen. “Si estás haciendo algo que te gusta mucho, como comerte un helado o saltar en la cama elástica, cinco minutos es un tiempo corto y se te pasará volando. Pero si un elefante te pisa un pié, cinco minutos pueden ser una eternidad que nunca acaba”. Exactamente esto último es lo que sentí este pasado lunes viendo el aplauso que se le brindó a Robert Prevost (rebautizado como León XIV tras su llegada al papado) en el Congreso de los Diputados.

Siete minutos de tortura, como si me hubiera pillado la mano con la puerta del coche y nadie pudiera abrirla para aliviar el dolor. Siete minutos interminables, viendo a la izquierda aplaudir sin fin a un papa que acababa de decir en la sede de la representación popular que las leyes que había aprobado ese parlamento no son morales. Que nos habíamos equivocado con la ley del aborto y con la de la eutanasia. Que hay que reconocer la vida "desde el mismo momento de la concepción" hasta el "ocaso natural", independientemente de cualquier otra circunstancia. Que la familia tradicional (aunque no la nombró así, simplemente dijo la familia, pero obviamente aludiendo a un sólo tipo de familia) es donde se aprende "la gramática elemental de la convivencia". De todos es sabido que para la Iglesia........

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