Frankenstein y la IA: el problema no es la tecnología
La IA puede matarnos a todos, hay que frenarla, da miedo… Son los mensajes que desde dentro de las mismas empresas estadounidenses que ostentan su oligopolio, nos alertan para que compartamos el miedo ante su propia creación. Es como si se les hubiera despertado el complejo de Frankenstein, temerosos de que la criatura que han creado les acabe destruyendo a ellos y a su negocio. Alertan de los riesgos de su Inteligencia Artificial como si el problema fuera solo técnico, como si la IA fuera la malvada. Nos narran sus miedos como si el problema fuera la tecnología y no ellos; como si el problema no fuera la propiedad y la lógica que los guía.
Ahí es cuando me acorde de Horkheimer.
Tomar el orden existente como un hecho natural, sin cuestionarse las estructuras de poder que lo sostienen es lo que Max Horkheimer llamaría la “razón instrumental”, es decir, esa razón, esa forma de pensar, que solo se pregunta por los medios más eficaces para alcanzar fines dados, sin cuestionar nunca la legitimidad de esos fines, o para qué se usa, en este caso, la tecnología.
A pesar de que cada vez que oigo hablar a un tecno-oligarca me entran ganas de hacerme ludita y ponerme a romper telares, sé que el problema está en otro sitio. Está en un lugar, este occidente en el que vivimos, donde se acepta de manera acrítica una racionalidad instrumental que produce monstruos y que, además, es tomada como la única racionalidad posible.
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