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Quiero creer y no me sale

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23.02.2026

Para desgracia para mí, yo no creo en dios, ni en casi nada. Recuerdo tomar la primera comunión, que fue casi la última, pensando el tremendo teatrillo que era aquello. Tengo nítido en la memoria también el tercer grado que me aplicó una tía mía para asegurarse de si tenía claro lo que significaba ese gran paso en mi vida, el pseudocanibalismo en forma de oblea, un discurso que se me hizo tan largo como uno de Fidel Castro, pero mucho más fantasioso. Tenía nueve años y los invitados me escribían dedicatorias con boli bic en un álbum de tapas nacaradas deseándome que fuera el día más feliz de mi vida. Me acuerdo que pensé que si era así, estaba jodida, porque fue un día bastante de mierda, en general. Tengo otros recuerdos no sé si divertidos de mi infancia en un pueblo, como desvestir a una santa para limpiarla, Teresa si no me equivoco, y que bajo el manto de terciopelo bordado no hubiera cuerpo, solo un torso de maniquí y maderas sosteniendo unas manos finas de escayola con puñetas de encaje, y que me pareciera tremendamente ridículo venerar a un muñeco antropomorfo que ni siquiera estaba completo. 

Si lo veo en perspectiva, desde la montañita de mis casi cuarenta y cinco, ser así, incrédula, como me llamaba mi abuela, ha sido bastante mala suerte. Nunca he podido elegir creer y eso me ha dejado sola y desamparada frente a la........

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