Me gusta ser una zorra
No me acuerdo de cómo se llamaba el chico con el que perdí la virginidad. Sin embargo, recuerdo con nitidez de las dos bolas húmedas y de color verde fosforito que enmarcaban el piercing de su lengua. En el barrio todos lo llamaban por su mote. Así que yo, que para él era una más del barrio, tampoco usaba su nombre de pila. Por supuesto que lo tendría, y seguro que me lo dijo alguna vez, pero de no practicarlo lo olvidé. Le escogí por eso, porque me daba curiosidad saber qué se sentía cuando alguien con un objeto metálico en el centro de la boca te practicaba sexo oral. Por eso y porque todas mis amigas ya lo habían hecho con alguien. De la virginidad, que es un concepto que alberga más poder que realidad, me deshice de la forma más frívola posible. Como quien se cansa de acumular tickets desgastados en su bolso y un martes cualquiera los tira todos, a la vez, en la primera papelera que encuentra al salir de la oficina.
El sexo con el chaval del piercing en la lengua resultó ser malo y él, peor. Me trató mal, especialmente dentro de la cama. Lo nuestro fue breve e incómodo. Corté con él de la noche a la mañana, sin darle explicaciones a nadie, a él tampoco. Me daba vergüenza. El dramatismo no duró mucho más. En mi recién estrenada vida sexual los roles se invirtieron pronto, y entonces fueron ellos, los chicos, los que perdieron su virginidad conmigo. Este cambio, lejos de hacerme sentir pudor, me inflaba de orgullo como se hincha la panza de una zorra al engullir una libre. En esos encuentros me sentía la médium que les acompañaba en ese ritual de paso. Yo era Caronte y les llevaba en mi barca. De alguna forma, mi experiencia era mi piercing en la lengua.
Como buena hechicera, supe rápido que mis conjuros debían ser clandestinos. Eso lo había aprendido hace años, cuando en sexto de primaria una niña escribió LEO PUTA en la pared de mi colegio. Había descubierto mi contraseña de Tuenti y con ello mi amplia agenda de pretendientes. En este caso, más de uno ya era multitud. Afortunadamente duró poco el silencio, conocí a otras brujas y, sobre todo, encontré el feminismo. Sin embargo, últimamente siento que esas pintadas pueden reaparecer en cualquier momento.
Reels, tiktoks, conversaciones, tertulias en formato podcast, artículos de opinión. Me he topado con esta idea en todos los formatos. Por lo que se ve, ahora la nueva iluminación revestida de feminismo es decir que a las mujeres el sexo esporádico no nos sale rentable. La cosa funciona así: no nos trae cuentas el sexo casual heterosexual porque en estos encuentros nosotras rara vez llegamos al orgasmo, mientras que ellos suelen gozárselo lo más grande. Eso si........
