Consiénteme
Cuando falleció mi abuela lo pasé verdaderamente mal. Esto es un lugar común, todas las chicas lo pasan mal cuando sus abuelas mueren. Las protagonistas de los cuentos son nietas; las de las novelas, hijas. Ya nos sabemos esta historia, siempre se echa de menos a la abuela. Aquella mañana aproveché el tiempo muerto, nunca mejor dicho, y me arreglé una uña rota en la manicurista mientras mi madre solucionaba el papeleo previo al tanatorio en el hospital. Este es otro lugar común: todas las cosas que pasan mientras tu mundo se queda en pausa. Estos escenarios son clichés. También son impactantes. Cualquiera reconoce en esta una perplejidad boba. Es una sensación parecida a la de mirar el móvil de tu pareja cuando ya sabes que te es infiel. ¿Qué otra cosa te esperabas encontrar? La gente mayor muere y tus compañeros de trabajo siguen tecleando en la oficina mientras tú estás de luto. Lo sabes, claro que lo sabes, y aún así sorprende.
Lloré por muchos motivos. Me asusté por otros. Me dio miedo olvidarme de sus manos pecosas atravesadas por el Guadalquivir y sus afluentes, sus venas hinchadas de color azul klein. En ocasiones, cuando veíamos la tele, me entretenía moviéndolas ligeramente con mi dedo índice de izquierda a derecha. Ella me dejaba. Esto último fue lo que más me aterró. Pasé muchos duelos por la muerte de mi abuela, el más egoísta lo provocó saber que nadie volvería a consentirme tanto como lo hacía ella.
Que te quieran está bien, pero es más delicioso que te consientan. Entra como un tupper de sandía fría cortada a dados, lista para merendar en la playa un viernes de agosto. Hidrata y chorrea. Se te llena la boca. Muchos gestos sirven de pistas para saberte amada: que te inviten a la fiesta o que te pregunten tu opinión antes de tomar una decisión arriesgada. La más pícara es que te consientan. Le atiza un guantazo con la mano abierta a este mundo cruel en el que todo hay que ganárselo. A mí me consienten, porque a mí me aman. Me pasan la mano. Hay un lugar en el mundo donde no tengo que sudar la gota gorda para ser feliz. Como sandía y no me he encargado de pelarla. Tampoco de cargar con la nevera de plástico que la conserva helada en la arena. Porque yo lo valgo. Porque a mí me quieren, entonces me consienten.
Me gusta que el agasaje se juega, como todo lo verdaderamente fecundo de esta vida, en el terreno de lo innecesario. Partirte una pierna y que te lleven en coche al trabajo no es que te consientan, es decencia. Lo que a mí me camela tiene que ver con que me dejen salirme con la mía. Con que me hagan cosquillitas en el brazo hasta quedarme dormida, aunque esto suponga........
