¿Quién parasita a quién en la era de la inteligencia artificial?
SamAAltman, director ejecutivo de OpenAI, calificó de ‘fake’ las preocupaciones sobre el consumo de agua de la inteligencia artificial y respondió que los humanos también utilizan energía para realizar tareas. La frase pasó rápido por los titulares. Quizás demasiado rápido. Y merece la pena detenerse en ella. No porque pretende cerrar el debate ecológico o sea una tontería más de la boca de un techno bro, sino porque revela un desplazamiento más profundo.
Comparar el gasto energético de un sistema de inteligencia artificial con el de un ser humano es una equivalencia. Una que coloca a la persona y a la máquina bajo la misma métrica: eficiencia energética por unidad de resultado. Pensar, escribir, traducir o analizar pasan a evaluarse bajo el mismo criterio que una infraestructura tecnológica.
Ahí se produce el verdadero giro. La discusión deja de centrarse en litros de agua o kilovatios y empieza a rozar una cuestión más incómoda: bajo qué parámetros se mide el valor.
La métrica que redefine qué vidas cuentan
El capitalismo nunca ha sido neutral en esa medición. Desde sus orígenes, ha producido jerarquías sobre qué vidas eran explotables, cuáles eran invisibles y cuáles podían sacrificarse sin que el sistema se resintiera. El colonialismo, la esclavitud y la industrialización periférica no fueron desviaciones accidentales. Fueron engranajes centrales de acumulación.
La riqueza del centro se sostuvo sobre cuerpos y territorios considerados intercambiables. Esa lógica no desapareció sino que se transformó.
El capitalismo industrial necesitó mano de obra masiva. Más tarde, el capitalismo de plataformas necesitó usuarios y datos. Cada interacción digital se convirtió en insumo económico. La extracción se sofisticó, pero siguió operando sobre jerarquías.
La expansión actual de la inteligencia artificial introduce un nuevo........
