Las pirañas no se sacian
Nuestro hombre, así lo llama Miguel Sánchez-Ostiz en su brutal novela Las Pirañas, se junta con lo más fresquito de la sociedad pamplonica para, cada jornada, como aves insomnes y noctámbulas, recorrer los bares, pubs y puticlubs más asquerosos de la capital navarra en busca de otra ronda de copas, de otro bocadillo de chistorra, de otra larguísima raya de farlopa que nunca sacia; son pirañas, puras pirañas en el sentido más estricto de la imaginación popular y cada uno de ellos, alguno abogado del tres al cuarto, otro proxeneta insomne y más de uno opusino de pura cepa transmutado en sociata al olfatear el cambio de sentido común en la Transición – el gran partido español es la gran casa de todos, pero también un estupendo contenedor –, es insaciable porque necesita un nuevo bocado más del pastel jugoso que la vida pura y puta ha puesto tan cerca de sus narices. No paran de comer y beber y drogarse porque no pueden hacerlo; su ADN fue codificado para no saciarse nunca, para desmigajarse los dientes al morder un ladrillo de perico, poder y dinero........
