No me gusta mi frente
En la pantalla aparece una jovencísima Kylie Minogue, apenas una niña con su carita inmaculada, que llega a Londres directa de Australia dispuesta a triunfar como cantante de pop. Es 1987 y Kylie tiene 19 años pero aún no sabe que va a lanzar I Should be Lucky y lo va a petar tanto que se va a convertir en una estrella mundial para lo que le resta de vida. La entrevista vuelve a la actualidad, han pasado casi 40 años desde esas grabaciones y Kylie, de 56, habla en un documental sobre su exitosa trayectoria sin que sea posible distinguir su edad. ¿Cómo puede seguir así? ¿Qué clase de brujería la ha hechizado? Un rostro congelado en el tiempo en un punto indeterminado de la juventud. Luce fresca, despierta y radiante… Y es que a Kylie se le movía más la frente de adolescente que con 56 años. Yo asisto hipnotizada desde el salón de mi casa a las declaraciones de esa adorable muñequita que habla de sus experiencias vividas cuando yo casi ni había nacido, mientras siento una mezcla de estupor y de envidia. Según algunos medios, la cantante australiana habría dejado de inyectarse bótox en los últimos años para lucir más natural, aunque a mí no me la cuelan: es humanamente imposible tener ese rostro a su edad. A Kylie no se le echan 55 años, ni 50, ni siquiera se le echan 40.
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