Lorca, Zapatero y los héroes perfectos
Un día, hace muchos años, estaba comiendo en Viridiana con mi querido y ya perdido amigo, David González, y empezamos a hablar de los poetas canallas, de grandes poetas que fueron mala gente a propósito, que se portaron como el culo con colegas, novias, novios y familiares. Byron y Shelley, que eran un par de cretinos ególatras. Baudelaire, que derrochó su herencia en drogas y putas, y luego chantajeaba a su madre diciéndole que, si no le daba dinero, iba a suicidarse. Quevedo, que llevó su inconcebible odio contra Góngora hasta el punto de comprar la casa donde su rival vivía de alquiler y echarlo a la calle.
Mi tocayo sostenía que para ser un gran poeta necesariamente hay que ser buena persona, lo que invalidaría no sólo la obra lírica de los vates anteriormente mencionados sino la práctica totalidad de la historia literaria, desde Virgilio a Gil de Biedma. En realidad, le dije, poetas que a la vez sean buenas personas hay muy pocos. A bote pronto, que yo conozca cara a cara, estás tú -le señalé con el tenedor-, está Álvaro Muñoz Robledano, está Jesús Urceloy, está Luis Alberto de Cuenca, está María Alcocer, está Rafael Pérez Castells, está Sebastián Fiorilli, está Félix Grande. No se me ocurrieron muchos más en ese momento, pero estaba y estoy seguro de que el talento y la moral van por cauces independientes. Otro tanto sucede con la música -donde hay bellacos ilustres para dar y tomar-, con la novela, con la pintura, con la matemática. Fíjate, si no, en Newton, quizá el mayor........
