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Rebajas de qué

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03.02.2026

Decía André Malraux que "la tradición no se hereda, se conquista". No soy muy fan de las tradiciones, pero hay una en concreto a la que no he fallado desde que tengo uso de razón: en mi familia la Navidad no terminaba de forma oficial si el 7 de enero no íbamos a las rebajas de invierno en A Coruña. De pequeña la odiaba, de adolescente resultaba vital para mi supervivencia hiperhormonada. Viviendo en un lugar con menos de 10.000 habitantes, poder vestirme a la moda de los 2000 y pico pasaba irremediablemente por Bershka, Pull y Stradivarius (inauguradas en 1998, 1991 y 1999, respectivamente), o por otras ya desaparecidas como Blanco o Pimkie. Además, fue mi primer contacto con las financias y la inversión, puesto que el día 6 por la mañana mi hermana y yo recibíamos, colocados con primor a los pies del árbol, dos sobres con nuestros nombres (cabe suponer que de los Reyes Magos, pero quién sabe, en aquella época Bárcenas ya hacía de las suyas). En su interior, dos billetes de 50 para autogestionarnos al día siguiente.

Que me dejasen suelta por un centro comercial durante horas calculando si cien euros me llegaban para comprarme la sudadera de El niño y unas botas de chúpame-la-punta versión Pasión de gavilanes era uno de los mejores días del año. Significaba elegir mi modelito (el outfit de ahora) sin que mis padres interfiriesen; era poder ir a una tienda y pagar yo sola como si a los catorce tuviese ya una vida laboral consolidada; implicaba ir al instituto al día siguiente estrenando falda, o jersey, o chándal, y sintiéndome la más-a-la-moda de la clase. Era el summun de mi libertad adolescente.

Ahora que soy adulta, he conquistado la tradición. Raro es el año en que fallo a la cita. A pesar de que se me........

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