Qué bonita tengo la estantería de libros
El jueves estuve por primera vez en Sant Jordi. Era 23 de abril; ya he dicho que era jueves y, el 23 de abril, que este año caía en jueves, en los Països Catalans se celebra Sant Jordi. Ha sido mi primera vez como autora y como lectora. Empezamos la ruta en El Carmel. A pesar de que dicen que la ciudad está inundada de libros y rosas, la verdad es que por El Carmel vimos pocas rosas y pocos libros. Es curioso cómo se exageran algunas cosas y cómo algunos barrios viven al margen de las ciudades a las que pertenecen. Pero, bueno, el caso es que era mi primera vez en Sant Jordi y resultó emocionante.
Durante la firma de mi libro, un chaval le contaba a otro que estaban viviendo un "bloqueo lector". Lo decía con cierta angustia. No consigue engancharse a ningún libro, los acumula a medias y eso le angustia. Se llevaron el mío –buf, qué fuerte– y ahora arrastro cierta culpa: no sé si Farsante será suficiente para romper ese bloqueo. Agradezco muchísimo la oportunidad, pero ¿cómo no vamos a bloquearnos? ¿Cómo no sentir cierto vértigo ante tantas opciones y esa sensación constante de que, elijas lo que elijas, siempre habrá algo mejor esperándote en otra parte? Yo misma, que me había prometido no gastar más de 70 euros, no compré nada. Ni uno.
Cada año se publican decenas de miles de novedades en el Estado español y conviven con un fondo inmenso de títulos que siguen circulando. En ese ecosistema, es normal que muchos libros no encuentren su momento o que simplemente hayan agotado el suyo. Se repite mucho que la mitad de los libros no se venden, pero la realidad es más compleja: hablamos de catálogos enormes, de libros que están al final de su vida comercial, de circuitos de venta distintos. No es tanto una catástrofe como una acumulación. ¿Acumulación innecesaria? No lo sé. Yo qué sé. Lo único que tengo clarísimo es que nos sobra velocidad. ¿Cómo convivir con una propuesta cultural en la que los libros duran quince días en una mesa antes de ser sustituidos por otros? ¿Quince días para existir? Quince días para ser vistos, tocados, recomendados, olvidados. Quince días para competir con todo lo demás. Quince días que no son suficientes ni siquiera para que un libro encuentre a quien podría necesitarlo.
Las y los autores de más éxito generan ventas millonarias y colas kilométricas. Los libros se viralizan –o no– por razones que desconozco; y, ahora, además, no solo los autores forman ya parte de ese pequeño circuito de visibilidad y de estrellas; también los y las editores empiezan a ocupar ese lugar. Leía a un editor querido decir en redes que en Sant Jordi hay dos tipos de editores: los que salen en las fotos y los que cargan cajas. La frase, más allá del chiste, señala algo que ya no es solo una broma interna: la espectacularización de la vida ha terminado por impregnar también el circuito editorial. En este show, los personajes ya no son solo las personas que escriben, también participan otros agentes que aparecen, opinan, construyen relato, se convierten, de alguna manera, en figuras públicas. No digo que me parezca mal. Digo que me ha pillado por sorpresa. Mientras tanto, otros y otras siguen sosteniendo la estructura desde un lugar invisible. Es un clásico: algunas personas están durante la foto y otras están antes y están después.
En medio de todo ese ruido —de nombres, de caras, de firmas, de colas y de historias compartidas casi en tiempo real— aparecen también gestos que van en dirección contraria y que, precisamente por eso, llaman la atención. La editorial Barrett ha decidido publicar parte de su catálogo sin nombres, eliminando cualquier referencia a la autoría en la portada. Sin autor ni autora en la portada, sin marca personal, sin esa capa previa que muchas veces condiciona la manera en que nos acercamos a un texto incluso antes de haberlo abierto. La propuesta era sencilla y, al mismo tiempo, profundamente incómoda: leer sin saber quién escribe, sin biografía, sin imagen, sin ese contexto que hoy parece casi imprescindible. Leer, simplemente, por el texto. En un momento en el que todo parece girar en torno a la visibilidad, a la marca y a la construcción del personaje, ese gesto tiene algo de radical. Pura contracultura. Frente al ruido, el anonimato; frente a la marca, el texto; frente a la visibilidad constante, el intento de devolverle centralidad al oficio.
Porque, en el fondo, de eso va todo esto: del oficio. De sentarse a escribir, de construir una voz, de sostener una historia sin la garantía de que vaya a encontrar su lugar en un mercado que funciona a otra velocidad. De hacer algo que, en muchos casos, necesita tiempo, silencio y cierta invisibilidad para poder existir.
El problema, quizá, es un sistema que no deja tiempo ni espacio para que un libro ocurra. Para que un libro encuentre a su lector o lectora. Para que una lectura se asiente. Tampoco permite escribir con calma, y quizá no sea una cuestión de romanticismo sino de condiciones materiales que afectan a todo el proceso. Quizá, entonces, la pregunta no sea tanto cómo leer en medio de todo esto, sino si todavía somos capaces de sostener una lectura sin que esté atravesada por esa urgencia constante. Si todavía podemos permitir que un libro nos acompañe más allá de la lógica de la novedad, sin sentir que deberíamos estar ya en otra cosa.
Tal vez leer hoy tenga menos que ver con acumular títulos y más con resistir esa velocidad. Con elegir —aunque sea de forma torpe o incompleta— y quedarse el tiempo suficiente como para que algo, por pequeño que sea, llegue a ocurrir. Lo raro sería que las y los lectores no estuviéramos perdidos. Arrastrados por el FOMO (fear of missing out, ese temor constante a perderse algo), saltamos de recomendación en recomendación, de lista en lista, de promesa en promesa. Leemos a medias, dejamos libros, volvemos a otros, acumulamos. Y, en ese movimiento constante, a veces leer deja de ser un placer y se parece más a una tarea pendiente.
Qué bonito queda aquí en la estantería, ¿verdad?
Las mías están preciosas.
