Por qué ya no sabemos elegir qué recordar
Hace meses compré un marco para tapar la caja eléctrica de la entrada de mi casa. Tiene espacio para tres fotografías, pero todavía está vacío. No porque no tenga fotos, sino porque tengo demasiadas. Guardo miles de imágenes en el móvil. Miles. Tantas que sé que jamás volveré a verlas todas y, por eso, soy incapaz de elegir tres para colocar en el maldito marco.
Formo parte de una generación situada justo en la frontera. Tenemos fotos analógicas de nuestra infancia y adolescencia, reliquias de cuando disparar un carrete requería paciencia y dinero, pero podríamos encontrar una imagen de casi cualquier día de nuestra vida adulta. A nuestro alrededor, el cambio se ha vuelto radical: de mi primo, que todavía no ha cumplido dos años, tenemos fotos de cada día de su vida, de cada puré, de cada siesta, de cada paso titubeante. Él sí que lo va a tener complicado cuando tenga que decidir qué fotos quiere colgar en la caja eléctrica de su casa.
Recuerdo que, de niña, uno de mis planes favoritos era abrir con amama la caja de zapatos donde guardaba las fotos familiares. Las mirábamos despacio. Yo preguntaba quién era quién. Ella miraba las fotos y me contaba historias. A veces descubríamos que algunos nombres ya se habían olvidado, pero todas aquellas fotos escondían algo que había que recordar. Algunas........
