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La frontera del espectáculo

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13.08.2026

Para el resto del mundo, Ceuta parece importar más por la cantidad de relatos que es capaz de producir que por las personas que han cruzado su frontera o muerto en el intento.

Para quienes viven allí, una entrada masiva supone una alteración dramática de su cotidianidad, pero, desde el punto de vista migratorio, Ceuta y Melilla apenas alteran los flujos hacia la Península. Son enclaves pequeños, físicamente aislados, de los que resulta difícil salir. Sin embargo, las imágenes de miles de personas atravesando su frontera poseen una potencia simbólica extraordinaria.

La economía de la atención domina el ecosistema mediático. La tensión genera audiencia y genera clics. La audiencia y los clics generan ingresos, pero también influencia y capital político en un marco perverso que premia aquello que provoca indignación, miedo o sorpresa. Una frontera bajo presión reúne estas tres condiciones.

La frontera ya no es solo un límite territorial. Es también un plató audiovisual y un escenario privilegiado para la batalla cultural. Y ahí reside la singularidad de Ceuta. No porque allí se decida el futuro de Europa, sino porque allí se fabrican las imágenes con las que muchos pretenden decidirlo.

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Algoritmos en el Estrecho

¿Quién organizó esto? La pregunta parece inevitable. Pero, quizás, antes que preguntarnos quién, convendría que nos preguntásemos cómo tantas personas pueden organizarse de esta manera, sin una aparente estructura vertical impartiendo órdenes.

La Primavera Árabe y las movilizaciones masivas surgidas después en espacios digitales mostraron la capacidad de las redes para transformar impulsos dispersos en comportamientos colectivos; en cierto modo, instauraron un método. Esta lógica de comunicación horizontal, o "autocomunicación de masas", como la denominó Manuel Castells, en la que pequeños grupos e individuos producen y difunden mensajes al margen de los canales tradicionales, ha sido estudiada hasta la saciedad.

El fenómeno se hizo particularmente visible a partir de la segunda década del siglo en distintos países, incluido Marruecos, que ya ha conocido formas similares de movilización en red: desde las protestas del Movimiento 20 de febrero en 2011 hasta las convocatorias virales para cruzar el Tarajal en 2024, pasando por el Hirak de Alhucemas en 2016 o el de Jerada en 2017.

Las redes permiten que determinados mensajes circulen horizontalmente y hacen visible que otros ya actúan. Algunos necesitan pocos estímulos para movilizarse y otros solo lo hacen cuando perciben que muchos ya lo han hecho. Se produce entonces un efecto cascada: existen iniciadores, pero nadie controla la dimensión final del movimiento.

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Lo ocurrido en Ceuta parece ajustarse a este esquema. Las redes habilitan a miles de jóvenes para intercambiar información, rumores y vídeos relacionados con la frontera. Bajo una misma movilización conviven motivaciones distintas: quienes reivindican la soberanía marroquí de la ciudad, quienes buscan un futuro mejor, quienes........

© Público