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¿Apocalipsis now? Apuntes sobre inteligencia y decoro

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27.02.2026

En pocas semanas cumplirá 65 un evento que decidió el destino de Cuba como nación independiente: Playa Girón. 

El gobierno revolucionario en el poder contaba apenas con 28 meses, cuando la derrota de la invasión patrocinada por EE.UU. le dio un sentido concreto a la Revolución como defensa de la patria, aún mayor que la reforma agraria o la nacionalización de las empresas extranjeras. 

Numerosos cubanos que mantenían posturas ideológicas divergentes y estaban en desacuerdo con ciertas políticas comprobaron que en la defensa de aquel proceso, como quiera que se le identificara, estaba en juego la independencia. Sin la cual, ninguno de los demás cambios podríán alcanzar su sentido pleno ni sería posible la justicia social, el desarrollo repartido, la dignidad como un valor nacional.  

Bahía de Cochinos, como ellos le siguen llamando, fue un fracaso sobrecogedor para la Administración Kennedy. Un fracaso muy difícil de explicar, que, a menos de 100 días de haber entrado en la Casa Blanca, debilitó su credibilidad en política interna, y repercutió en su proyección en otras regiones, incluido el sudeste asiático. 

La causa de aquel fracaso no radicó en que los miembros de la Brigada 2506 fueran unos cobardes, carentes de moral de combate, de convicciones, de entrenamiento militar o peor armamento que el de las milicias y el Ejército Rebelde. 

Tampoco ocurrió porque la contrarrevolución estuviera despedazada, o se hubiera instalado mayoritariamente en EE.UU. en vez de jugársela aquí; o porque careciera de organización, coordinación y capacidad de movilización, y de una poderosa quinta columna formada por miles de alzados, además de cientos de miles de cubanos que no simpatizaban con el socialismo, e incluso creían que iban a perder la patria potestad sobre sus hijos. 

Un paralelo convincente

El cuadro era propicio para imaginar un triunfo aplastante. Súmesele que el esquema que la CIA había seguido para planear la operación de Bahía de Cochinos había resultado un éxito apenas siete años antes, en Guatemala. 

Richard Bissel, el subdirector para Operaciones Encubiertas, había seleccionado a Howard Hunt, David Atlee Phillips, y otros oficiales que habían desempeñado papeles clave en el golpe de Estado al presidente Arbenz, en 1954, para hacer lo mismo contra Fidel Castro. 

Había un paralelo convincente, pues los dos países habían acabado de adoptar políticas nacionalistas, especialmente, reformas agrarias. Tenía lógica que los decisores de Bahía de Cochinos estuvieran trasladando las lecciones de Guatemala a la realidad de Cuba en 1961. 

De manera que, si bien la CIA disponía de vastas redes de información dentro de la isla, sus máximos jefes depositaron su mayor crédito en quienes aseguraban que cuando los invasores desembarcaran, todos esos opositores activos y pasivos se iban a sumar a sus fuerzas, así como la mayoría de las milicias y tropas de las FAR.

Bastaba hablar con los cubanos que llegaban a Miami y con algunos líderes de la contrarrevolución, que no eran ni brutos ni simples mercenarios ni unos meros oportunistas de siete suelas, para convencerse de ese cisma dentro de las propias filas de la Revolución. La situación en Cuba parecía aún más propicia que la de Guatemala para un triunfo aplastante de la invasión. Nada podía salir mal. 

Gracias a esa inteligencia peculiar; a focalizarse en las analogías, y pasar por alto las grandes diferencias entre ambos casos; a dejarse arrastrar por el optimismo y lo que los psicólogos llaman groupthink; a la falta de balance en el proyecto armado por la CIA, ignorando al resto de las agencias que podían aportarle una perspectiva más realista; a la excesiva confianza en el poder aplastante de los EE.UU.: gracias a la fragilidad y prepotencia de esas premisas, y a la furia y rapidez de la contraofensiva cubana, la invasión fue derrotada en 66 horas.

Lo más peligroso del escenario actual no es, en mi modesta opinión, la baja disponibilidad de combustible y sus consecuencias, sino que se dé por sentado el inminente colapso del sistema, y junto con él, el del Gobierno cubano, obligado a rendirse ante los EE.UU., y a aceptar sus condiciones. La validez de esas cuentas tendría como referente la operación reciente contra un régimen y una situación que algunos consideran muy parecido a los de Cuba, o sea, Venezuela.

En artículos anteriores he intentado analizar las implicaciones de la crisis venezolana para la evolución de nuestro conflicto con EE.UU., las grandes diferencias entre Cuba y Venezuela, incluidas las relaciones de ambos países con el Norte; así como el espacio real para el diálogo, el entendimiento y la negociación entre Cuba y los EE.UU. de Donald Trump. 

Quiero detenerme aquí y ahora en la situación cubana misma, y particularmente, discutir su caracterización política y social, y las premisas que se asumen como verdades aceptadas para ese retrato. Puesto que algunas de ellas las encuentro, digamos, un poquito omisas. 

Oscuridad y confusión reinante

Pongo por delante que no subestimo la gravedad de la situación económica, social y política del país. Estamos en medio de apagones, escasez de medicamentos, inflación, restricciones al funcionamiento de servicios como la salud, la educación, el transporte, escasez de gasolina. Aunque no estamos objetivamente en la circunstancia económica más crítica desde hace 60 años, como algunos afirman, sí en la más prolongada y que ha generado mayor descontento y desconfianza en el futuro. 

A la oscuridad de este momento, y a la confusión ideológica reinante, se suman las maldiciones contra el Gobierno cubano, al que muchos culpan de todo lo que nos pasa, así como la nube de premoniciones que rebotan en las redes, donde la anticipación del inminente colapso se replica como un juego de espejos.

El efecto psicológico del boycott energético nos acerca indefectiblemente a una especie de apocalipsis. 

No pretendo, porque no es mi oficio, debatir la caracterización de la situación que satura los medios de comunicación, cuyo rumor de base refleja lo........

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