Roberto Valera: “La música no está completa en ninguna parte, porque vive en el tiempo”
Habanero, modelo de 1938, es una personalidad poliédrica, dinámica. Puede huracanarse ante la orquesta y también remansarse. Pero aunque en los últimos años es frecuente verlo al frente de diversas orquestas sinfónicas del país, Roberto Valera es, sobre todo, un compositor de reconocida excelencia.
En 1985 obtuvo el primer premio en el Concurso Nacional de Composición, convocado por el Ministerio de Cultura, con su obra Concierto por la paz. En 1989 la Unión de Escritores y Artistas de Cuba le otorgó el Premio Anual por la Obra Creada, máxima distinción que otorga esa institución a los compositores. Su pieza “Non divise”, para piano y orquesta, estuvo nominada en 2008 para los Grammy Latinos en la categoría de Mejor obra/composición clásica contemporánea.
Habría condecoraciones, distinciones, medallas y diplomas que, de enumerarlos todos, colmarían el espacio de que disponemos. Son el testimonio de una larga vida fructífera entregada a servir y a crear.
¿Proviene de una familia de músicos?
Soy el primer músico de mi familia, pero mi madre era muy musical. Le gustaba disfrutar el teatro vernáculo, la zarzuela cubana y española, bailar danzones, escuchar novelas de radio y cantar canciones cubanas, españolas, mexicanas, argentinas… También le gustaba leer en voz alta y recitar poesías.
Así fue ella desde mi infancia hasta que murió, a los ciento tres años. O sea, en el principio de mi artistismo y musicalidad está mi madre. A los nueve años, antes de estudiar música, un día de las madres, le dediqué mi primera canción. Mi padre no era tan musical, sólo sabía cantar dos canciones popularizadas por Carlos Gardel, su artista favorito.
¿En qué año y cómo accede al Conservatorio Amadeo Roldán?
Una vecina que me oía cantar continuamente le pidió al médico y músico Mario Rodríguez O’Hallorans, profesor de solfeo en el Conservatorio Municipal de La Habana, que me hicieran una prueba de musicalidad. La pasé bien y a los diez años comencé allí. Me preguntaron qué instrumento quería estudiar y yo escogí el piano. “Porque es el instrumento de los compositores”, dije.
Cita entre sus maestros a José Ardévol, Leo Brouwer y Edgardo Martín. ¿Cuáles cree que serían las enseñanzas fundamentales que recibió de cada uno? ¿Cómo caracteriza sus respectivas personalidades?
He tenido muchísimos maestros excelentes. Los tres que mencionas tienen algo en común, confiaron en mí.
De José Ardévol, nacido en Cataluña, mi primer maestro de orquestación, aprendí que se puede amar mucho a Cuba sin haber nacido aquí. Me pidió que fuera su subdirector en los Cursos para Graduados de Nivel Medio y, posteriormente, su Vicedecano en el Instituto Superior de Arte (ISA), hoy Universidad de las Artes. Era un hombre de una gran rectitud y nobleza. Fue una personalidad muy importante en la cultura cubana.
De Edgardo Martín, generoso maestro, me impresionó su amor por “la gran música”, como le gustaba decir, y su respeto por su historia. Tenía una excelente discoteca en su casa, donde nos recibía para escuchar grandes obras.
Leo Brouwer, enorme músico, algo más joven que yo, que me conoció como actor, cuando dudaba aún entre mis distintas vocaciones, me enfocó definitivamente hacia la composición musical. Llevaría tiempo contar esa historia.
¿Cómo han de ser las relaciones profesor-alumno en la enseñanza de la música?
Casi toda mi vida la he dedicado a la educación. Además de músico, soy Maestro Normalista, Doctor en Pedagogía y Doctor en Ciencias del Arte. La enseñanza de la música, y de la composición musical específicamente, tiene características peculiares. Recuerdo ahora la novela autobiográfica Retrato del artista adolescente, de James Joyce, y El principito, de Antoine de Saint-Exupéry. El artista joven es una personalidad muy diferenciada.
La enseñanza de la composición musical es una........
