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Jorge Braulio: “Mis años de estudio en la Ena están entre los más felices de mi vida”

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18.01.2026

Hacía más de cuarenta años que no me encontraba con Jorge Braulio. Por entonces era Jorge Rodríguez Quintana (La Habana, 1950). No quiero insinuar que el “Braulio” sea un añadido, solo que antes no lo usaba como hoy, para componer su nom de plume artístico.

No caímos en la superficialidad de decirnos que estamos igualitos, porque ambos sabemos encajar los estragos del tiempo. Igual, si acaso, permanecen en nosotros algunas certezas de la juventud, y las dudas existenciales iniciales, a las que se les ha ido sumando una estiba de interrogaciones, nada que no tenga que ver con la compleja tarea de vivir.

Nos conocimos en la Escuela Elemental de Artes Plásticas de 23 y C, a donde iba con frecuencia a observar el trabajo de los jóvenes docentes que ahí coincidieron, entre los que tenía algunos amigos que aún conservo, aunque a la distancia.

Jorge ha dedicado un generoso segmento de su vida a estudiar Artes visuales, Historia del arte, Pedagogía, Psicología, Lengua francesa, Estética, Enseñanza del arte, Animación sociocultural y un largo etcétera que se tomaría gran parte del espacio enumerar.

En 1972 comenzó su vida laboral en la Escuela Provincial de Arte de Pinar del Río, donde permaneció hasta 1975. Desde entonces, además de impartir diversas asignaturas, ha sido director fundador de la Escuela Elemental de Artes Plásticas del Municipio Plaza (1975-1980); director de la Academia San Alejandro (1981-1991); director del Centro de Desarrollo de las Artes Visuales (1991-1993); decano de la Facultad de Artes Visuales en la Universidad de las Artes-ISA (2007-2016, cargo que ya había ocupado en 1993). Por motivos de trabajo o estudio ha viajado a Francia, Japón, Colombia y Bolivia, entre otros países.

Su primera exposición (bipersonal) data de 1973 en la Galería de Arte de Pinar del Río, y la más reciente es de 2025: Toda atención es poca en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, La Habana, donde se produjo el encuentro que propició el diálogo que sigue:

Cuando triunfó la rebelión, tenías 8 años. ¿Qué recuerdos de aquellos tiempos iniciales conservas? ¿Cómo describir la energía, las ilusiones que generaron esos primeros tiempos de la instauración del Gobierno Revolucionario?

El triunfo de la Revolución, en 1959, tuvo un gran impacto en la dinámica de mi familia. Ese año todo se trastocó. Mi padre era músico, tocaba el trombón en la banda militar del ejército que acababa de ser derrotado por los rebeldes. Los esposos de mis tías también estaban alistados en el ejército de Batista.

Vivíamos en el reparto de Hornos, muy cerca del campamento de Columbia. En aquellos primeros meses, la incertidumbre y la desconfianza se apoderaron de toda la parentela. Con el paso del tiempo, los sentimientos, los estados de ánimo, fueron adecuándose a aquellas inéditas circunstancias. Mis tíos políticos se licenciaron del ejército. Mi padre, que era subteniente, por su edad y los años de servicio en la carrera militar, fue ascendido a teniente y, acto seguido, retirado, con la pensión correspondiente ¡del Ejército Rebelde! El otro oficio de mi padre era tabaquero. Un año después, comenzó a trabajar en la Fábrica de Tabacos José L. Piedra, que después recibiría el nombre de Héroes del Moncada.

Para mí fue mágica la conversión del Campamento de Columbia en la Ciudad Escolar Libertad. Conocía muy bien el campamento porque mi padre me llevaba a su cuartel, y frecuentemente nuestra familia iba al cine que había allí, al Club de Alistados, a los actos festivos que se realizaban en el polígono. Ver la transformación de esa ciudad castrense en un inmenso conglomerado de centros educativos añadió maravillas y asombros a mi niñez.

Sorpresas que me han acompañado: estudié hasta el tercer grado en la Escuela Flor Martiana, que estaba a la entrada de Columbia. Años después, la Escuela San Alejandro se reubicó en la que fue mi primera escuela.

¿Cuándo descubres que tienes una sensibilidad especial para las artes visuales?

Desde muy pequeño me encantaba dibujar. Inventaba mapas de islas desconocidas, copiaba las caricaturas que aparecían en los periódicos. Cuando los estudiantes de Flor Martiana se trasladaron a Ciudad Libertad, conocí a mi primer maestro de arte. Tuve la enorme fortuna de pertenecer a los Niños Pintores de Ciudad Libertad. Allí, bajo la sabia guía del profesor catalán José Lloveras, me sentía en el paraíso.

Lloveras era todo un personaje: locuaz, entusiasta, imaginativo, sabía llegar al alma de las niñas y los niños que le seguíamos la rima con alegre devoción. Antes de estar en los Niños Pintores, todos le conocíamos porque él, que era representante de la Prismacolor en Cuba, para promocionar los lápices de colores aparecía cada domingo en el Circo con Valencia, un programa de televisión.

Además de orientarnos en trabajos libres, naturalezas muertas y paisajes, nos hablaba de temas históricos y, a partir de ellos, proponía ejercicios con líneas abstractas prestablecidas para que nosotros hiciéramos composiciones figurativas, relacionadas o no con el tema en cuestión. Mucha libertad. Ponía música en la clase, leía poemas, cantaba, nos estimulaba a cantar en coro el Himno de los Niños Pintores de Ciudad Libertad, según creo, compuesto por él. Recuerdo que el himno comenzaba con una palabra repetida tres veces: ¡Amor! ¡Amor! ¡Amor! Y: ¡Aprendemos a pintar con alegría! ¡Somos los artistas que decimos la verdad! ¡Somos los pintores de Ciudad Libertad! ¡Unidad! Lamento mucho no recordar toda la letra.

Durante mucho tiempo, para mí Lloveras fue el mejor pintor del mundo. En mi primera visita como alumno de la Escuela Nacional de Arte (Ena) al Departamento de Arte de la Biblioteca Nacional, pedí los libros sobre Lloveras. Apenas tenían algunos plegables de sus exposiciones. Era mi orgullo haber nacido un 26 de marzo igual que él.

¿Cómo fue tu camino por el sistema nacional de la enseñanza artística?

Me enteré de la existencia de la Ena porque en un periódico convocaron a la realización de las pruebas de aptitud. Me inscribí para hacerlas, a escondidas de mi mamá. Días antes le había insinuado la posibilidad de........

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