Aisar Jalil: “Llevo en la sangre una geografía doble”
Ha recorrido medio mundo, vivido entre Estados Unidos y Brasil desde el 2000, tiene una maestría en bellas artes por una de las academias más prestigiosas en su tipo, expone tanto como le admiten sus obras en las paredes de las galerías, pero sigue siendo un camagüeyano irrebatible, modelo de 1953: habla y piensa como tal. No puede ser de otro modo. En él se cumple, a pie juntillas, el precepto martiano de insertar el mundo —los lugares por donde ha ido pasando— en el tronco de su recia personalidad artística, ese tronco que tiene por savia la cubanía esencial que no se imposta.
La frase de Martí no es exactamente así, pero con Aisar Jalil no cabe esperar que acepte influencias sin más; ya lo notarán cuando hable de los pintores cubanos que le han mostrado el camino. Todo lo pasa por el filtro de su mirada serena y honda, y lo “arregla” según su leal saber. Es un creador genuino que, inconforme con el mundo que le ha tocado en suerte, se inventa uno a la medida que va poblando, cada amanecer, con seres atrabiliarios, ora inquietantes, ora ingenuos, a través de los cuales da fe de su inconformidad por el rumbo que asume la cada vez más deshumanizada humanidad, sin por ello dejar de exaltar y exaltarse ante la belleza.
Sus muestras habaneras más cercanas en el tiempo fueron: Eros, 2014 (Museo Nacional de la Cerámica Contemporánea, La Habana), y Estado del tiempo, 2015 (Galería Galeano) y Ciclón estacionario (Complejo Morro-Cabaña, Zona Franca. 12 Bienal de La Habana).
Ha expuesto en solitario, además, en Estados Unidos, Canadá, Portugal, Francia y El Salvador. Obras suyas integran colecciones públicas, como las del Museo de la Academia Repin, Museo Nacional de Bellas Artes y Museo Ignacio Agramonte. También están situadas en colecciones privadas de México, Francia, España, Portugal, Estados Unidos, Inglaterra, Suecia, Italia, Canadá, Ucrania, Moldavia, Argentina, Armenia, Estonia, Georgia, Hungría, Polonia y Mongolia.
Lo conocí hace muchos años en su casa de Cárdenas 114, La Habana Vieja. Allí, entre varias tazas de café y los silbidos de los trenes que entraban y salían de la terminal cercana, conversamos largo.
Desde entonces no hemos vuelto a encontrarnos físicamente, pero ambos hemos estado al tanto de los caminos por los que discurren nuestras vidas. Un tiempo atrás, preparé una nota sobre su muestra Éxodos, que tuvo por escenario el Miami Hispanic Cultural Arts Center. Entonces publiqué estas que dicen mucho de su poética, carácter empático y su vocación humanista:
“Mi arte nace de la admiración y de la urgencia. Pinto con las manos llenas de memorias y con el corazón en protesta. Cada trazo es un intento por comprender la belleza y, al mismo tiempo, para transformarla en un grito. Pinto para recordar, pero también para despertar. En Éxodo hablo del movimiento eterno de los pueblos —de aquellos que, por guerras, por fe, por hambre o por dictaduras, se ven obligados a dejarlo todo. No los retrato como víctimas, sino como portadores de dignidad, historia y esperanza. Mis personajes caminan, vuelan o navegan. Son cuerpos en tránsito, a veces mitad hombres, mitad animales (…). Son seres que se transforman para sobrevivir, que cruzan mares y desiertos con la fuerza de quien busca un lugar en el mundo.”
Ahora sí, el diálogo, un puente entre Miami y La Habana.
¿Cuándo descubriste que eras un artista? ¿Cuándo, en qué circunstancia, te asumiste como tal?
En 1968, acorralado por la sombra inminente del servicio militar obligatorio, me vi en la urgencia vital de buscar una grieta por donde evadirme. La respuesta no vino del cálculo, sino de una intuición profunda que........
