Tipocambitis aguda: el dólar como obsesión nacional
Debo denunciar, ante los cuatro vientos que todavía gobiernan las buenas costumbres, una tragedia personal: la gente ya no me saluda.
Me encuentra en la calle, en una recepción, en un mercado, en un aeropuerto o frente a un plato de fricasé y, en lugar del tradicional “¿Cómo está, Gonzalo?”, dispara sin anestesia:
—¿A cuánto va a estar el dólar?
He dejado de ser persona para convertirme en una especie de Bloomberg ambulante. Algunos todavía me estrechan la mano, pero sospecho que lo hacen únicamente para retenerme mientras preguntan por el tipo de cambio.
El dólar ha colonizado nuevamente la conversación nacional. Está en las decisiones de empresarios, comerciantes y familias; aparece en contratos, alquileres, ahorros, inversiones y, según información todavía no confirmada por el Banco Central, comienza a intervenir incluso en los asuntos del corazón. Me cuentan que un caballero prudentemente dolarizado, antes de pedir la mano de una dama, le preguntó dos cosas fundamentales:
Y, sin esperar demasiado la respuesta:
—¿Y tienes dólares, reinita?
Estamos padeciendo una epidemia nacional de tipocambitis aguda.
Conviene, por tanto, recordar una verdad elemental de economía: el tipo de cambio es un precio. Es el precio de una moneda expresado en otra y refleja la oferta y demanda de divisas, pero también expectativas, reservas internacionales, política fiscal y monetaria, confianza, riesgo político y percepciones sobre el futuro. Es un termómetro particularmente sensible.
El problema es que Bolivia mira tanto el termómetro que ha terminado creyendo que el termómetro es la enfermedad.
No es la primera vez. Durante la hiperinflación de los años ochenta, la obsesión con el dólar tenía razones perfectamente comprensibles. Con una inflación que llegó a niveles cercanos al 11.000% anual, quedarse en pesos bolivianos era una actividad financiera próxima al masoquismo. El salario podía perder valor mientras uno caminaba del trabajo al mercado. La gente huía de la moneda nacional y buscaba refugio en los brazos robustos del dólar.
Aquella dolarización era una estrategia de supervivencia. La actual tiene otro combustible. No estamos viviendo una hiperinflación semejante, pero sí una combinación peligrosa de incertidumbre, fragilidad fiscal, escasez de divisas, bajas reservas, expectativas nerviosas........
