Inundaciones sin alerta suficiente
Las devastadoras inundaciones registradas recientemente en Viana do Bolo, así como en otros municipios del interior de Galicia, deberían obligarnos a una profunda reflexión colectiva. Afortunadamente, no ha habido que lamentar víctimas mortales, pero los daños materiales son enormes: viviendas destruidas, carreteras inutilizadas, vehículos amontonados por la fuerza del agua y aldeas parcialmente aisladas. Las imágenes recuerdan más a las consecuencias de una catástrofe natural de gran magnitud que a una simple tormenta de verano.
Es cierto que los servicios meteorológicos habían advertido de la posibilidad de tormentas intensas. Nadie puede afirmar que no existieran avisos. Sin embargo, también es evidente que ni la población ni muchas administraciones locales podían imaginar la dimensión real de lo que estaba a punto de suceder. Entre prever una tormenta y anticipar un escenario de devastación como el vivido existe una diferencia sustancial.
La pregunta que debemos hacernos no es si hubo alerta, sino si nuestras herramientas de prevención, comunicación del riesgo y preparación social son capaces de transmitir adecuadamente la gravedad potencial de fenómenos cada vez más extremos. Porque cuando los vecinos describen cómo el agua abrió boquetes en las viviendas, arrastró toneladas de barro y convirtió calles enteras en cauces improvisados, queda claro que estamos ante eventos que superan las referencias históricas con las que tradicionalmente hemos convivido.
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