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¡Forza Azzurri!

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03.04.2026

Tuve el privilegio, como periodista, de cubrir la segunda fase del Mundial de España en Barcelona, la que se disputó en el viejo Sarrià. Italia, Brasil y Argentina configuraron el llamado grupo de la muerte. Brasil era el gran favorito. Las tres selecciones estaban plagadas de estrellas: Rossi, Zico y Maradona, por citar solo a tres, acaparaban la atención del mundo del fútbol.

Italia venía de completar una primera fase en Vigo realmente decepcionante. Hasta tal punto que La Gazzetta dello Sport llegó a titular en su portada: “Torniamo a casa”. Con Enzo Bearzot en el banquillo y Dino Zoff como capitán, Italia llegó a Barcelona para sufrir. Pero acabó tocando el cielo.

Primero derrotó a la Argentina de Diego y César Luis Menotti por 2-1, con goles de Tardelli y Cabrini. Aquel partido pasó a la historia por el durísimo y permitido marcaje de Gentile sobre Maradona. Los argentinos, vigentes campeones del mundo, no tuvieron opciones reales de victoria.

Después llegó el duelo ante Brasil: Italia se impuso 3-2 con un inolvidable hat-trick de Paolo Rossi, que neutralizó los goles de Falcão y Sócrates. Fue, sin duda, un partido para la historia.

Tras la victoria de Italia sobre Polonia en semifinales, disputadas en el Camp Nou, mi titular en el suplemento especial de El Periódico de Catalunya fue: El mundo lo espera todo de Italia. Y así fue. Italia acabó ganando aquel Mundial al imponerse a una potente Alemania por 3-1 en el Bernabéu.

Fue, probablemente, la mejor Italia de la historia. Incluso Sandro Pertini, presidente de la República, lo celebró en el palco como un tifoso más.

Guardo un recuerdo imborrable de aquellos días en Sarrià. Desde entonces, quizá influido por su fútbol, la belleza de su himno y la pasión con la que ellos lo cantan, me enamoré de la squadra azzurra, a la que he seguido desde siempre, tanto en sus hazañas como en sus fracasos.

Puedo entender lo que está ocurriendo ahora en Italia tras el durísimo golpe de caer en los penaltis en la repesca mundialista ante Bosnia y Herzegovina. Pero el desánimo allí seguramente supera cualquier cálculo externo. Italia, además, cayó en un estadio modesto, de apenas cinco mil localidades, frente a un grupo de jugadores casi desconocidos.

El drama deportivo que supone para un país con cuatro títulos mundiales no participar en la competición que más ama al menos hasta 2030, si logra clasificarse, solo puede ser medido en su justa dimensión por los propios italianos. Lo siento sinceramente por ellos.

Los expertos están ofreciendo múltiples explicaciones, aunque ninguna parece dar plenamente en el clavo. Se insiste, eso sí, en la pérdida de peso de la Serie A, pero se olvida que el Inter alcanzó recientemente la final de la Champions con una base importante de jugadores italianos.

Tampoco es fácil anticipar qué puede hacer ahora Italia. La federación ha confirmado a Gennaro Gattuso como seleccionador. Su planteamiento para la clasificación mundialista no fue el más adecuado: no se trataba de agitar, sino de aportar serenidad. Aun así, su continuidad puede interpretarse ahora como una apuesta por la estabilidad.

No sé de qué manera el fútbol puede ayudar a Italia en estos momentos. Pero si alguien tiene una idea, ojalá la ponga en práctica.

Cuando Italia ganó el Mundial de España convencí al director, Antonio Franco, para que enmarcáramos la primera página con la bandera tricolor italiana. Hoy sólo se me ocurre decir: ¡Forza Italia!, ¡Forza Azzurri!


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