Los recovecos de los diccionarios
(A propósito del Día del idioma)
El Día del Idioma no es solo una efeméride escolar ni una cita de calendario: es, en esencia, un recordatorio de que habitamos el mundo a través de las palabras. Como afirmó el filósofo y ensayista rumano Emile M Ciorán, “habitamos una lengua en lugar de un país” Y si el idioma es la casa común, los diccionarios son sus planos, sus cimientos y, a veces, también los notarios silenciosos de las palabras, las que según el jurista ex magistrado de Alta Corte Mario Alario Di Filippo “tienen dignidad e interés histórico y humano”.
Desde que Real Academia Española (RAE) emprendió la tarea de “limpiar, fijar y dar esplendor” a la lengua hispana, el diccionario dejó de ser una simple lista de términos para convertirse en un espejo —imperfecto, siempre en construcción— de la sociedad que lo habla. Porque cada palabra que entra en sus páginas no llega sola: trae consigo la historia de quienes la pronunciaron primero, el territorio donde germinó y las tensiones que la hicieron necesaria. En América Latina, donde el idioma se volvió mestizo desde el primer encuentro de las dos civilizaciones, el diccionario ha tenido que aprender a escuchar. Voces indígenas, giros caribeños, modismos andinos y neologismos urbanos han ido abriéndose paso, desafiando la idea de un español único y monolítico.
El diccionario, entonces, no manda: registra. No dicta: dialoga. Su autoridad no proviene de la rigidez, sino de su capacidad de adaptarse sin perder coherencia. En tiempos de redes sociales y escritura vertiginosa, frenética, cuando las palabras nacen y mutan a la velocidad de un clic, su papel resulta más crucial que nunca: ordenar sin sofocar,........
