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Y ahora sin Cercanías

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17 de abril 2026 - 03:07

Málaga vuelve a enterarse por la prensa de un golpe que afecta a su vida diaria. Adif prevé dejar sin Cercanías seis meses el tramo entre Málaga y Torremolinos desde finales de 2027, dentro de unas obras que, sobre el papel, prometen mejorar la línea. Sobre el papel. Porque en esta provincia vamos aprendiendo que entre el anuncio, el calendario y la realidad suele haber un abismo.

Quien use la C1 sabe perfectamente de qué estamos hablando. No se trata de una línea secundaria ni de un capricho estadístico. Es una arteria básica de movilidad para trabajadores, estudiantes, turistas y para cualquiera que necesite conectar la capital con Torremolinos, Benalmádena o Fuengirola. Es, además, una vía esencial para el aeropuerto. Y va llena con demasiada frecuencia. Afeitarle medio año a esa comunicación no es una molestia: es desordenar la Costa del Sol.

Lo más irritante no es siquiera la obra. Las infraestructuras se mantienen, se amplían y a veces exigen sacrificios. Lo insoportable es la forma. Otra vez Málaga conoce el castigo antes que la explicación. Otra vez los ayuntamientos se desayunan con la noticia fuera de los cauces institucionales. Otra vez se habla de planificación sin enseñar un plan serio, de alternativas sin concretar una sola, y de beneficios futuros sin despejar el daño inmediato. Y eso después de años oyendo promesas sobre refuerzos, duplicaciones y mejoras que siempre llegan tarde, a medias o envueltas en una niebla burocrática.

Aquí está el fondo del asunto. Cuando algo afecta a otros territorios políticamente más sensibles, la comunicación se extrema, las alternativas se miman y el relato se prepara con bisturí. En Málaga, en cambio, parece bastar con lanzar la bomba, pedir comprensión y confiar en que la provincia aguante, como siempre. Mucho respeto retórico, pero poca consideración práctica. Mucho discurso sobre movilidad sostenible, pero a la hora de la verdad se condena a miles de personas al coche, al autobús saturado o a la incertidumbre diaria.

Y luego vendrán los autobuses lanzadera, los refuerzos improvisados, los atascos monumentales y la propaganda ministerial explicando que todo era necesario. Probablemente lo sea. Pero una obra necesaria no justifica una gestión chapucera ni una información tardía. Málaga no protesta porque se mejore el tren. Protesta porque siempre le toca enterarse tarde, padecer más y agradecer encima el destrozo. Eso ya no es modernización: eso es maltrato institucional.

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