Amor se escribe sin hache y odio también
16 de marzo 2026 - 03:09
Un siglo después de que el descollante genio de Jardiel Poncela nos regalara esa divertidísima joya que es Amor se escribe sin hache, el presidente del Gobierno saca un nuevo conejo de su chistera, organiza el I Foro contra el Odio y presenta, rodeado de la claque de guardia, HODIO (Huella del Odio y la Polarización). Escribe odio con hache porque como es muda de siempre es más inclusivo; raro es que no se llame HODIE u HODI@ y además, nos insinúa sin pizca de exquisitez que sueña con censurar a quien opina distinto. Aunque si entre la verborrea de Groucho y el gamberrismo de Harpo elige enmudecer a la sociedad, no seré yo quien le arriende la ganancia.
Dice el señor Sánchez que “cuando algo se mide, deja de ser invisible”. Desconocerá que la estupidez, sin ir más lejos, no requiere calibrarse para convencerse de su existencia. La palpamos y sufrimos de modo cotidiano. Siempre que oigo lo de que “en este país no cabe un tonto más” recuerdo que, al igual que el gas, la estupidez tiende a expandirse hasta ocupar todo el espacio disponible. Que HODIO no va a servir para nada lo saben dos grupos de españoles: los vivos y los muertos. Más que nada porque nos desgobierna una pandilla de adolescentes inmaduros, incapaces de asumir la realidad y empeñados en imponer su visión del mundo sin admitir que puedan existir otras.
Resulta desopilante que quienes inventaron términos como señoro o fachosfera y llevan lustros tildando de “fascista” o “franquista” hasta a los garbanzos con bacalao, se muestren ahora tan superferolíticos y remilgados. Y no olvido a la turba vociferante, arisca, montaraz y desabrida de enfrente. Dios, en su infinita misericordia, repartió la estupidez y la grosería sin diferenciar sexo, clase, ideología o raza. Pero si no se admite que odiar es tan legítimo como amar, aunque sea menos recomendable e infinitamente más perjudicial para la salud del odiador, se sufre mucho en la vida; y sin necesidad.
Conste que odiar es de una vulgaridad estragante. Pero la Libertad de Expresión debe amparar la ofensa. Siempre. Porque las ideas no delinquen. Acabaríamos mudos si hacemos caso a tanto tiquismiquis. Sentirse ofendido por un insulto es muestra evidente de inmadurez y debilidad de carácter. Y en el caso de los gobernantes de desconocer que, como aconsejaba Séneca, “El primer arte que deben aprender los que aspiran al poder es el de ser capaces de soportar el odio”.
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