Opiniones
31 de marzo 2026 - 03:08
El Barnes crepuscular del ensayo Changing my Mind, todavía septuagenario en el tiempo de la escritura, es el mismo que redacta su última novela, Despedidas, un autor de salud maltrecha, según nos cuenta él mismo, que no ha perdido su proverbial ingenio y sigue haciendo gala de ese temperamento ligero, reflexivo y bienhumorado que aflora en todos sus libros. Mis cambios de opinión, en la traducción española, constata que a veces no es uno quien cambia –o eso nos gusta pensar– sino que son los demás los que se mueven, pero todos estamos o deberíamos estar abiertos a reevaluar nuestras ideas. Y quizá también –esto lo añadimos nosotros– a no tomarlas demasiado en serio. En el modesto formato de una charla digresiva, sin pretensiones adoctrinadoras, el librito contiene sabias e irónicas apreciaciones sobre el carácter falible de los recuerdos, la mudable vida de las palabras, la revisión de los autores detestados o predilectos y las ganancias y estragos de la edad y el tiempo, nociones que varían asimismo con los años. De la política, a la que también dedica un capitulillo, comienza por observar que en los debates es impensable que un tertuliano convenza a otro de nada: “Nadie se detiene a respirar, nadie duda”. Como en los parlamentos, los oradores no pretenden persuadir, sino reforzar las posiciones propias en una suerte de bucle infinito. Para ejemplificar la deseable convivencia, Barnes menciona a algunos familiares y entre ellos a sus abuelos maternos, un convencido tory y una comunista prochina –elección original, recalca, “en la frondosa y verde Buckinghamshire”– que no discutían sobre sus creencias respectivas. Solemos elogiar la coherencia y la integridad de las personas a la hora de defender sus ideas, pero no está claro que quienes albergan, como suele decirse, convicciones inalterables, sean moralmente superiores en nada. Aunque ha votado a distintos partidos, según reconoce, Barnes sería un laborista clásico, escorado a la izquierda de acuerdo con los estándares actuales, pero va por libre cuando condena las poses autosatisfechas y el arte en apariencia desafiante que no busca sino confirmar que estamos en “el lado correcto”. Es un placer y un descanso leer las graciosas consideraciones del ensayista, un “pesimista alegre” o un “optimista melancólico” que llama a su Estado ideal la República Benévola de Barnes. Con gusto adquiriríamos la nacionalidad, para evitar las monsergas de tanta gente encabronada.
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