Gobernar en gerundio: hablando, hablando… y postergando ando
Seis meses. Tiempo más que suficiente para dejar de hablar como candidato y empezar a gobernar como presidente. Pero no. El país sigue atrapado en una lluvia de discursos, consignas repetidas y frases diseñadas para sonar bien, no para resolver nada.
Porque ese es el problema de fondo: aquí no hay falta de diagnóstico, hay falta de decisiones.
El presidente ha convertido la política en un ejercicio de repetición. “Bolivia, Bolivia, Bolivia”. Una, dos, diez veces. Como si nombrar al país fuera equivalente a gobernarlo. Como si la insistencia reemplazara la acción. Como si la retórica pudiera llenar tanques de gasolina, generar dólares o reactivar la producción.
Y lo más preocupante es que esto no es nuevo. Es un déjà vu político. Su padre, Jaime Paz Zamora, ya ensayó esta fórmula: discurso optimista y narrativa desconectada.
Durante su gobierno (1989-1993), el discurso también ocupó un lugar central, acompañado por figuras como Óscar Eid Franco (su pequeño saltamontes) y frases que buscaban construir una percepción optimista de la realidad.
A propósito de esto, guardo como un documento irrefutable el libro de Waldo Peña Cazas, El lenguaje político en Bolivia. Guía para entender al oficialismo y a la oposición, publicado en 1991.
En esa joyita, Peña recoge, como una suerte de bitácora de exabruptos, un análisis lingüístico feroz sobre las frases más descabelladas y desaprensivas de la fauna política de la época: desde el siempre beato, con rosario en mano, Guillermo Bedregal, Gonzalo Sánchez de Lozada, Luis Gonzáles Quintanilla, dirigente del MIR, hasta desembocar en Jaime Paz Zamora.
“¿Crisis? ¿Cuál crisis? ¿Dónde está la crisis que no la veo?”, afirmó Paz Zamora.
O esta otra: “Somos un país de ganadores”.
Aquella narrativa, sin embargo, terminó desconectándose de los problemas estructurales y reales del país. Estaba claro que, en ese tiempo, la situación de Bolivia no era nada halagüeña.
Hoy, la repetición de ese patrón retórico no parece casual, sino un preocupante retorno de lo idéntico.
El problema central no es el discurso en sí, sino su desconexión con una realidad que se complica cada vez más. Hasta la fecha, no han aparecido reformas políticas y económicas clave. La bendita y siempre postergada reforma judicial no aparece ni en proyecto, una de las más urgentes y demandadas, sin duda.
A esto se suma la persistencia de estructuras vinculadas al anterior modelo político. El masismo no ha sido desplazado de espacios estratégicos del Estado, lo que genera una evidente contradicción entre el discurso de cambio y la práctica gubernamental. Instituciones clave como YPFB continúan operando bajo las mismas lógicas, sin reformas visibles ni señales de transformación profunda que borren por completo el esquema corrupto que implantó el masismo.
Casi cumpliéndose el primer semestre de gobierno, se tiene un nuevo ministro de Hidrocarburos y un nuevo presidente de YPFB. Malas señales, desde luego.
En el ámbito económico, la situación es crítica y tangible. La escasez de diésel no es un problema abstracto: afecta directamente a la producción, al transporte y a la vida cotidiana. La falta de dólares evidencia desequilibrios estructurales que no pueden resolverse con declaraciones. El aparato productivo permanece prácticamente paralizado en varios sectores, mientras el gobierno responde con explicaciones antes que con medidas.
La figura de Evo Morales sigue siendo otro elemento que refleja la falta de decisiones claras. Su permanencia en el escenario político sin definiciones contundentes por parte del gobierno refuerza la percepción de ambigüedad y debilidad institucional. No hay una línea clara de ruptura ni de reconfiguración del poder. Evo sigue mandando recados desde su guarida, continúa libre. No sirve de nada que tenga órdenes de aprehensión, llamadas por edictos y más, si el sujeto en cuestión sigue evito y coleando. Es más, continúa opinando, especulando, amenazando y hasta exigiendo sus derechos, como si se tratase de un ciudadano intachable.
Por otro lado, la presión de sectores sociales se ha convertido en un factor determinante en la toma de decisiones. Lejos de ejercer liderazgo, el gobierno parece condicionado permanentemente por demandas corporativas. Gobernar bajo presión es inevitable; gobernar sin dirección, no.
Los casos de corrupción y temas no resueltos profundizan aún más la desconfianza. Episodios como el de las 32 maletas siguen extraviados entre el Triángulo de las Bermudas y el signo de interrogación más inmenso de los seis meses de Gobierno de Paz.
En este contexto, el gobierno se mueve en una lógica de administración del relato. Se construye una narrativa de estabilidad, de control y de identidad nacional, pero esta narrativa no encuentra respaldo en la realidad. La distancia entre lo que se dice y lo que ocurre se amplía con cada semana que pasa.
Seis meses puede ser poco tiempo para resolver problemas estructurales, pero son suficientes para marcar dirección. Y hasta ahora, lo que se percibe no es una dirección clara, sino una acumulación de discursos. La política no puede sostenerse indefinidamente en la palabra. Cuando el discurso no se traduce en acción, pierde legitimidad.
El país no necesita más consignas ni repeticiones simbólicas. Necesita decisiones concretas: reforma judicial, reestructuración institucional, políticas económicas claras y acciones firmes contra la corrupción. Sin eso, cualquier narrativa, por elaborada que sea, termina vaciándose de contenido.
El tiempo de la campaña terminó. Gobernar implica asumir costos, romper inercias y ejecutar cambios reales. Si el gobierno no abandona la comodidad del discurso, corre el riesgo de convertirse en lo que ya empieza a parecer: una administración que habla mucho, pero transforma poco.
El autor es comunicador social.
