Evo y la pulsión cainita de su proyecto político
Con frecuencia tengo la sensación de que Bolivia vive atrapada en una especie de condena circular. Como si estuviéramos empujando eternamente la piedra de Sísifo: avanzamos unos metros, creemos que el país puede estabilizarse, crecer o reconciliarse consigo mismo, y de pronto todo vuelve a derrumbarse. Crisis, confrontación, resentimiento, bloqueos, polarización. Una y otra vez. ¡Bienvenidos al país ingobernable!
Observo el país y veo que cambian los discursos, los colores políticos y los líderes, pero el fondo permanece casi intacto. Sigue existiendo una enorme precariedad institucional, una cultura política marcada por el conflicto permanente y un debate público cada vez más pobre y miserable, más emocional y menos racional.
Parece que ciertos actores sociales disfrutan más destruyendo la casa común que intentando construir algo duradero.
Y en medio de ese panorama, casi como un escenario fabulado, me surge una pregunta: ¿qué habrían pensado autores como Antonio Escohotado, Octavio Paz, Zygmunt Bauman o Michel Foucault sobre esta Bolivia distópica, fracturada y profundamente enfrentada consigo misma?
Tal vez todos habrían coincidido en algo incómodo: lo que vive Bolivia no es solamente una crisis política. Es también una degradación de la convivencia democrática y de la forma en que la sociedad se relaciona consigo misma.
En el centro de esta tragedia contemporánea aparece inevitablemente el cocalero Evo Morales.
No el personaje mítico construido por la propaganda política, sino el sujeto que terminó convirtiendo la confrontación en una herramienta permanente de poder. Durante años, Evo y el evismo transformaron el resentimiento en capital político y la victimización en un mecanismo constante de cohesión.
El problema no es únicamente Evo Morales como individuo. Sería demasiado simple reducir todo a una sola persona. El problema más profundo es que su proyecto político consolidó una lógica corrosiva: la idea de que el país solo tiene legitimidad si ellos controlan el poder.
Después de casi dos décadas dominando la política boliviana, el evismo no fortaleció instituciones sólidas; fortaleció dependencias políticas, lealtades emocionales y fanatismos corporativos. No consolidó ciudadanía crítica, sino........
