menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Estadocentrismo y caudillismo: los verdugos de Bolivia

16 0
17.09.2026

El gran problema de la historia boliviana es que nunca pudimos librarnos de la sombra de un Estado que todo lo maneja, todo lo controla y, al final del día, todo lo rompe y lo corrompe. Desde 1825, cuando nació la república entre promesas de libertad, arrastramos una especie de enfermedad de origen: la creencia ciega de que el gobierno central tiene que ser el dueño absoluto de la plata, de las leyes, de la economía y de la vida misma de la gente, de sus almas y de sus conciencias. 

Esa idea trágica no ha cambiado con el paso de los años, ni con las revoluciones, ni con los desfiles de partidos políticos por el palacio; es el hilo conductor invisible que amarra el siglo diecinueve con el siglo veintiuno.  Al final, lo único que hemos logrado con este diseño es alimentar a caudillos con un poder absoluto, tipos mesiánicos que se creen dueños del país y que le han hecho, le hacen y le seguirán haciendo un daño enorme a Bolivia si no decidimos pararlo.

Esto me recuerda de inmediato a lo que explicaba con tanta lucidez el poeta mexicano Octavio Paz cuando hablaba del "ogro filantrópico". Ese Estado gigante, obeso, obseso y obsceno que se disfraza de papá protector, que te promete solucionar la existencia, darte empleo y ponerte todo en la mano, pero que en realidad utiliza esa falsa benevolencia para controlar tus recursos, tu libertad y tus decisiones individuales. En Bolivia compramos esa receta destructiva con los ojos cerrados.  Decidimos poner todo el poder en una sola oficina en La Paz y dejamos que la sociedad civil se volviera miedosa y dependiente de la firma del ministro, del sello del burócrata o de las ganas del presidente de turno. 

El Estado pasó a ser el botín de guerra supremo de nuestra política: el grupo que logra entrar al palacio se adueña del país entero, de sus instituciones y de sus recursos, utilizándolos para perpetuarse y aplastar al disidente. Por eso, precisamente, todo gran proyecto que intentamos termina siempre en un colapso estrepitoso.

A mediados del siglo........

© Los Tiempos