Sesenta y uno
Es difícil ejercer la profesión cuando tu principal ocupación es dejarte teledirigir por partidos y por las ratas más cutres de sus cloacas.
Con permiso. Año 2013. Cierro mi etapa en Intereconomía y aterrizo en la dirección del entonces jovencísimo The Objective; el diario se había lanzado unos meses atrás. Como la sección de Opinión era uno de los platos fuertes, incorporo a un puñado de columnistas de todas las sensibilidades políticas, como dicen los cursis, y mantengo a muchos de los que ya estaban. Uno de ellos, una de las firmas estrella, horas después de publicarse en los confidenciales mi nombramiento como director, se planta en la redacción, entonces en la plaza de Santa Ana, y monta un cirio colosal, con gritos y gruesas palabras, pidiendo que me destituyan el mismo día de mi llegada. Habría sido gracioso. No es que me esperase un recibimiento al estilo Bienvenido, Mister Marshall, pero tampoco tumultos, barricadas, y rehenes en la redacción. Madrid es una maldita jungla.
El hombre era un conocido preboste del progresismo mediático, tal vez un poco maltratado por los años y los rencores. Omito su nombre porque no es lo fundamental, y porque además falleció hace........
