Lo mejor y lo peor de la guerra civil en Vox
Lo mejor y lo peor de la guerra civil en Vox
Si surge un segundo Vox, lo normal es que suba el PP, pero también que se pierdan votos y escaños. Y eso sólo beneficia a Sánchez.
Entre el Vox oficial y el Vox histórico ha estallado algo más que una guerra de reproches, el previsible ajuste de cuentas entre los que se han quedado con el partido y los que lo fundaron y han sido expulsados en masa y a patadas. Lo que está apareciendo es la verdadera naturaleza de la dirección y de la militancia de Vox, que son de un sectarismo estremecedor. En todos los partidos que tienen una crisis, y todos, tarde o temprano, acaban teniéndola, afloran viejas cuentas pendientes, episodios de chantaje y degradación que en su día se negociaron y desactivaron, pero que, al abrir la caja de los truenos se convierten en una salvaje mascletá, de la que unos y otros salen con la cara tiznada, tras estallarles la pólvora en las narices.
Lo peculiar de la crisis en Vox es que los ataques más personales y feroces no provienen de la minoría acampada en el extrarradio, sino de la dirección, que ya mostró su fuerza echando del partido a los más molestos. Que Iván Espinosa de los Monteros o Javier Ortega Smith se quejaran del comportamiento de Abascal con ellos, era, hasta cierto punto, previsible. Que el partido, con el aparato mediático de los Ariza y los bots de Zancajo en primera línea, haya salido en tromba a insultar personal y políticamente a los que, hasta hace poco, eran los más valorados, dentro y fuera de Vox, no era mi previsible ni normal. La respuesta, sí; con tanta violencia, no.
Todos los que critican a Vox siempre están a sueldo de alguien
Nuestro grupo fue pionero en padecer las campañas injuriosas que, según denuncian ahora las víctimas de Vox, se organizan desde dentro y siempre por orden de la dirección, ayer y hoy dirigida por la Banda de los cuatro. En la versión original china, la banda estaba aparentemente dirigida por la esposa del Gran Timonel, Chiang Ching, pero en realidad la dirigía el propio Mao, "el quinto de la banda de los cuatro". Chiang Ching dijo ante el tribunal que la juzgó y condenó a morir en la cárcel, donde se suicidó, que "sólo era el perro de Mao, al que Mao le decía, "muerde" y mordía." Y, efectivamente, eso es lo que pasaba, aunque Chiang Chin tuvo mucha autonomía por el escalofriante deterioro físico y mental del dictador chino.
En Vox, la Banda de los cuatro la forman Julio y Gabriel Ariza, Kiko Méndez Monasterio y el propio Abascal, con Montse Millán de secretaria. Pero se distingue de la banda de Sanghai y, en realidad, de cualquier otro grupo dirigente de cualquier partido, en que, salvo uno, el jefe Abascal, ninguno -ni los Ariza, ni Kiko Méndez Monasterio- pertenece al partido. Hay un precedente en lo de fichar gente de fuera para las tareas sucias de dentro: Lenin, que entregó la dirección de la Cheka al polaco Djerzinski y su guardia personal a una milicia de letones que ni siquiera hablaban ruso. En el caso de Abascal, es una guardia personal mediática y financiera, tan ligada a su persona que no se sabe si el Toro abecerrado de oro del hierro Ariza sirve a Vox o, más bien, si es Vox el que sirve al Toro. El sueldazo de Kiko Méndez Monasterio prueba la generosidad de Santi, no es un pago preventivo por su silencio. En cuanto al sueldo de la señora de Abascal por asesorar a la empresa asesora de su marido, es pura economía circular.
Si no estuviera tan unida financieramente la suerte de Abascal y la de los otros tres, cabría pedir al partido distanciarse de su proveedor único, mediático e ideológico, y separar de la fundación Disenso y los cursos de Vox para Vox a gente como Tebas, el del Barça, corruptor del fútbol. Pero ¿pueden separarse Santi y su banda? Ojalá, aunque, sinceramente, lo dudo. Es lo que piden los ahora críticos, y sería un gesto suficiente para cambiar el clima belicoso y evitar que nazca un partido paralelo que lo perjudicaría.
El problema de fondo: la brigada cainita
Desde el punto de vista del interés político e ideológico, es lo que más convendría a la derecha que busca, ante todo, desalojar a Sánchez. Sin embargo, cualquiera que siga la actualidad mediática comprobará que los comentarios que, según el sector crítico, controla y promueve Zancajo, son de una ferocidad absolutamente incompatible no ya con un acuerdo sino con el simple diálogo. Hablan de Iván y Ortega Smith como lo hacen de El Mundo, ABC, o el grupo Libertad Digital, su cirineo en los malos tiempos. Y siguen una pauta que, de no ser por el estilo totalitario, resultaría cómica.
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Entre los rasgos principales, el primero, es que los que critican al líder de Vox están siempre a sueldo de alguien o de algo, generalmente de Ayuso y/o del PP, y, ahora, también del PSOE, Soros y la Unión Europea. No de uno, de todos a la vez. Y, sobre todo, nunca se trata de un error o de un disparate. En la lógica de cualquier secta, la crítica es consciente de que está mintiendo, y hace el mal sabiendo que ataca al bien, y sólo por dinero. Lógicamente, si se le critica a sueldo de otro, cualquier dialogo es inútil. De este modo, Abascal acierta siempre, no se equivoca jamás, y si alguna vez lo hiciera, que es imposible, por su valor, talento y patriotismo, nunca debe hacerse en público, la prueba indiscutible de que se actúa con mala fe.
El segundo aspecto, fruto del primero, es que Vox es una fuerza que se sitúa al margen de la democracia como régimen de opinión pública. No hay ningún otro partido respetable, ninguna razón que no sea de apoyo incondicional a Vox es limpia, nunca equivocada. Todos los medios de comunicación (lo dicen o se les escapa así: todos) están al servicio del PP y el PSOE, que, por otra parte, son lo mismo: el bipartidismo al que siempre aluden sería, en realidad, un solo partido. ¿Y por qué pactan con el PP? De creer a la gran mayoría de los comentarios, no deberían hacerlo. Es más, hablan como si no debieran haberlo hecho nunca o no deberían hacerlo jamás. El argumento de la utilidad política, tan lógico en la vida real, es despreciado como un insulto. ¿Para qué quieren entonces los votos? Se supone que para llegar a la mayoría absoluta y tomar el poder, momento en el que abordarían la clausura de las instituciones, tan sucias y bipartidistas.
Invito al que crea excesivas estas consideraciones a asomarse a los comentarios de las noticias sobre Vox, sean críticas o no lo sean, y verán un patrón que se repite mecánica y zafiamente: "sólo nos queda Vox", "sólo hay un partido que piense en España, Vox" y "sólo hay un líder: Abascal". Son latiguillos totalitarios con los que se exige comulgar, no coincidir. Es imposible seguir el evangelio voxero sin condenar al infierno a los impíos. Es absurda la democracia y un estorbo el pluralismo cuando existe ya una verdad revelada que no admite pactos ni mediaciones: sólo Vox, sólo Vox.
La gracia divina de Vox que se manifiesta en los comentarios es tan indiscutible que si una iniciativa del PP es o parece buena se debe a una de estas razones: o la ha copiado de Vox o es porque existe Vox, que obliga al PP a hacer cosas que, sin Vox, nunca haría. O sea, que existiendo Vox, el PP sobra. Para qué gastar oxígeno y ocupar viviendas. Vox partido único, y ya.
El problema para la derecha de una crisis en Vox
Para la Banda de los cuatro, este discurso de secta roja es utilísimo, porque no permite plantear siquiera la hipótesis de un Vox que no sea suyo. Ahora bien, para el conjunto de la derecha, la crisis de Vox puede no ser lo positivo que algunos creen. Si surge un segundo Vox, lo normal es que suba el PP, pero también que se pierdan votos y escaños. Y eso sólo beneficia a Sánchez, que quiere seguir como presidente o como jefe de la Oposición, es decir, del golpe de Estado en la calle contra el Gobierno de la Derecha. Lo que pasa en Vox es bueno para aclarar su verdadera naturaleza, pero no refuerza automáticamente a las derechas. Vox es ya demasiado grande para enterrarlo. Toda crítica es buena para disipar fantasmas, pero tener razón no supone que te la den, y menos, en política. Debemos criticar severamente hoy, pero sin olvidar nunca el inevitable y necesario acuerdo de mañana.
Iván Espinosa de los Monteros
Javier Ortega Smith-Molina
