Habermas y la resurrección de Europa
Habermas y la resurrección de Europa
Europa, con todos sus defectos y complejidades, sigue en su sitio y seguirá porque, como la Iglesia, su trascendencia traspasa generaciones.
Todos tenemos la tendencia de examinar los momentos de la historia, los cambios sociales o políticos, desde perspectivas demasiado inmediatas, producto de la rapidez con la que se transmite la información. Los cambios siempre han marchado dependientes de la velocidad de hacer llegar una noticia al otro rincón del mundo y de su difusión y ahora lo hace a la velocidad de la luz. Pero la velocidad depende también de la ausencia de filtros académicos o periodísticos a las opiniones que se vierten por todas partes y que aparecen incluso sorpresivamente para nosotros en las pantallas de nuestros teléfonos, lo que no significa casualidad. La velocidad con la que nos llegan no nos deja tiempo para el análisis sosegado o para su evaluación, las aceptamos sin más discernimiento, sin saber que las intenciones son siempre interesadas.
Nuestros análisis y reacciones son tan inmediatos, que resulta curioso que Donald Trump llegó a su segundo mandato hace solo quince meses, le ha dado un revolcón al Globo y todos aceptamos que el mundo de hoy y de mañana es muy diferente al del último mundial de fútbol y armamos tesis ideológicas y filosóficas que abonan dicho cambio revolucionario.
En España hoy es Vox, pero hace solo ocho años era Ciudadanos y hace diez era Podemos. Clasificamos olas y tendencias que apenas puede tener un sustento social en tan corta vida y que terminarán como todas las olas gigantes pacíficamente en la playa. Hablamos del enorme cambio en los Estados Unidos, de la ola conservadora que arrasa en el país, pero es la misma nación que votó por el demócrata Biden hace cinco años de forma mayoritaria y seguramente el mismo país que rechazará a Trump en noviembre.
Con la economía ocurre lo mismo. Es cierto que la inteligencia artificial es el futuro, pero solo una parte ínfima de él. El mundo se seguirá moviendo en trenes o coches, consumiendo productos de consumo como nunca lo había hecho que necesitan de más fábricas que nunca, y la gente no deja de viajar por mucha realidad aumentada que pueda disfrutar en casa. Hablamos de la guerra del petróleo cuando menos dependencia tenemos de él desde que se descubrió. Las bolsas suben al pairo de valoraciones que tampoco tienen perspectivas históricas, suponiendo que las nuevas tecnologías generarán resultados astronómicos que pocas veces han ocurrido en la historia. Una simple duda sobre los resultados del ejercicio de las tecnológicas produciría un shock de billones de dólares en un solo día por las capitalizaciones alcanzadas.
Finalmente condenamos a Europa al ostracismo porque no ha dado una respuesta unitaria a Rusia, a Trump, a la inmigración o a la política de seguridad. La mayor parte de los analistas concluyen en la muerte de Europa, en su irrelevancia, en el auge del nacionalismo o del autoritarismo o en el fin de estado de bienestar o incluso de la democracia, basándonos en análisis que pierden la perspectiva histórica, todo por una declaración o un resultado electoral concreto.
Lo cierto es que, como señala Yasha Mounk en The people vs democracy, la fragilidad de la democracia liberal proviene de su éxito, al producir prosperidad y diversidad, ha creado grupos de insatisfechos que fomentan el resentimiento y el populismo, siendo la respuesta adecuada, no la destrucción del sistema, sino su reforzamiento.
Estoy convencido de que el mundo prefiere la libertad sobre la dictadura, la educación y la cultura a la ignorancia; que prefiere vivir en París que en Shanghái o en Madrid antes que en la boyante Addis Abeba. En conclusión, asumimos corrientes o ideas nacidas anteayer y sobre ellas construimos las teorías sobre la que se asentará el mundo........
