Los que duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma condición
Los que duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma condición
A fuerza de compartir lecho político, María Jesús Montero ha terminado por adquirir la misma arrogancia altisonante que su mentor exhibe sin pudor.
Contaba Pedro Sánchez en su «Manual de Resistencia» que lo primero que hizo cuando llegó a la Moncloa fue cambiar el colchón por el famoso dicho popular. Ojalá lo hubiese dejado, pues le habría venido bien parecerse un poco más a su predecesor para calmar esa vanidad inflamada con la que nos flagela cada día.
Sin ir más lejos, esta misma semana ha subido un vídeo desde su despacho en donde se puede apreciar que tiene enmarcada una viñeta suya en la cual se sobrepone las dificultades a pesar de todo. ¿Qué grado de megalomanía patológica hay que tener para parecerte una buena idea tener animaciones de ti mismo como si fueras un héroe en tu zona de trabajo?
No obstante, hay que reconocer que el refrán es acertado y que cuando dos personas comparten mucho tiempo juntas acaban pareciéndose entre sí inexorablemente. Quizás es por ello por lo que María Jesús Montero hizo de la presentación de su candidatura un manual involuntario de todo lo que un político no debe decir jamás si pretende ganar unas elecciones.
La lideresa vino a decir, en esencia, que Andalucía no ha tenido la fortuna de contar con ella hasta ahora y que, por tanto, ha llegado el momento de que los andaluces reparen semejante anomalía histórica. Más que una candidata parecía la pregonera de sí misma –embelesada en el relato de su propia grandeza–, como si el principal problema esos pobres paletos del sur es no haber contado hasta ahora con el privilegio de ser gobernados por María Jesús Montero.
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Hay políticos que aspiran a representar a la gente y políticos que, por el contrario, comparecen ante ella esperando ser admirados. Montero pertenece sin duda a esta segunda especie: la del dirigente que no pisa la realidad, sino que desfila sobre ella convencido de que merece una fuerte ovación a cada paso que avance.
Lo que igual los ciudadanos habríamos agradecido no era asistir a otro ejercicio de autosatisfacción envuelto en retórica de mitin, sino escuchar, aunque sólo fuera por una vez, una explicación convincente de por qué su número dos y su número tres han acabado imputados por graves delitos de corrupción. Del mismo modo, habríamos celebrado que se nos aclarase cuál es exactamente el valor de una ministra de Hacienda que no es capaz de presentar un solo proyecto de Presupuestos en toda una legislatura. Y, sobre todo, habría sido refrescante que explicase por qué alguien que pone la mano en el fuego por un chorizo como Santos Cerdán no asume ningún tipo de responsabilidad política cuando se la quema.
Lo que subyace detrás de todo esto es lo mismo que ocurre con el presidente: como no pueden hablar de su acción política, una vez se les acaban las consignas sólo les queda parlotear sobre sí mismos y sobre lo encantados que están de haberse conocido.
Desde estas paupérrimas líneas que no merecen siquiera mencionar su magnificencia, le deseo mucha suerte a nuestra Reina Chiqui Mopongo de Ábalos, repartidora de menas, la que sí arde, rompedora de las cadenas de los fachapobres andaluces. Y, sobre todo, espero que en el futuro acabe compartiendo sus sueños con alguien que no provoque que acabe viviendo en ellos.
Manual de resistencia
