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La Marina o la incapacidad de València para decidir su futuro

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05.04.2026

El edificio Veles e Vents de La Marina de València. / JM LOPEZ

Debe de ser cosa del talento desbordante, seguro. Ese que se presupone a la creatividad, que exige dedicación, pero que, una vez convertido en realidad, parece aburrirse de su propia continuidad. La pirotecnia también acompaña el desarrollo urbano de València, donde conviven, en una armonía disfuncional, auténticas joyas arquitectónicas con un brutalismo de manual. Basta con acercarse a la zona noble de la ciudad para contemplar nuestra traca hecha estilo.

Lo que cabía esperar, ya en pleno siglo XXI y tras la huella dejada por Norman Foster, Santiago Calatrava, Ricardo Bofill o David Chipperfield, era seguir la estela del método Goerlich: modernizar València mediante intervenciones parciales, ordenadoras y estéticamente controladas, sin recurrir a una tabla rasa. Con alineación de fachadas, homogeneización de alturas y creación de frentes urbanos coherentes. Ahondar, en definitiva, en ese eclecticismo contenido tan nuestro.

La asignatura pendiente sigue siendo la conexión con el mar. El mejor intento fue la Copa del América; no la competición náutica en sí, sino la coartada del espectáculo de las regatas para acondicionar, por fin, el paseo ciudadano hacia su gran franja marítima. Lo mismo que han hecho, y siguen haciendo, todas las ciudades que acogen acontecimientos internacionales de gran trascendencia mediática.

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