Conspiraciones lejanas
Xi Jinping y Putin, en una recepción en Pekín. / Europa Press
A uno le asoma la sonrisa tonta cuando observa que algunos finos analistas perciben una auténtica conspiración —la larga mano de Trump, por ejemplo, que igual sirve para un roto que para un descosido— cuando la Guardia Civil investiga “a uno de los suyos” —de su marco referencial, digámoslo así— y, en cambio, cuando los santificados aparatos del Estado investigan a los “otros” —los de las afueras de su marco ideológico— entonces la fiscalización ya no sólo es correcta sino que es impepinable. Esférica, honrada, cumplidora, íntegra y cabal. Impepinable. De repente, qué cosas, el fino analista se desliza hacia las orillas de un albañal y su credibilidad se esfuma por momentos: ya la recuperará. Porque, a ver, es como si Kant hubiera definido el famoso imperativo categórico según una nómina de simpatías o antipatías, al vivo y alegre capricho: para los rusos antipáticos un imperativo categórico singular y para el amigable vecindario suyo, otro. Pues qué bien. O es como si la misma piedra que ha de moverse según una fuerza externa, que decía Newton, lo hiciera a partir de una ley hecha aposta para esa piedra y no para todas las piedras desparramadas por el planeta y en sus mismas circunstancias. Cada piedra, una ley, aunque la piedra sea idéntica a la otra. Un lío. Pues ni Kant, ni Newton, ni siquiera las coplas de doña Concha Piquer: los políticos y ciertos analistas han decidido que no existe una lógica común, sino que cada mundo ha de operar a su antojo aunque sea un calco de los demás. La........
