Amor en tiempos convulsos
Ximo Puig y Gabriela Bravo se casan este año.
Lee uno aquí mismo que Ximo Puig y Gabriela Bravo se casan, y hay que felicitarles enseguida. Y lee uno también que en el texto anunciador de la ceremonia hay un canto hacia la aventura del amor: el amor como el sentimiento más humano, el de la celebración de la vida, aquel que nos aporta las mejores ráfagas de felicidad. La invitación convoca a la fiesta del amor (de “l’estima”). No es común esa vigorosa exaltación del sentimiento en nuestros días: parece ovillarse en un viaje hacia el ochocientos, tiempo de sublimaciones literarias y emocionales, refractario a estos días de fangos variados y de ataques compulsivos y de regresos a épocas siniestras del XX. Hay que celebrarlo, pues. Esa sublimación aparece como una isla extraviada, ya digo que surgida de ese extrañamiento que se denominaba “amor puro”, navegando a contracorriente, en medio de un océano infestado de convulsiones. El amor, claro, no es el matrimonio institucionalizado, ni los nexos afectuosos, ni los vínculos del cariño, ni es la convivencia familiar, ni siquiera es el sexo corpóreo y fungible. El amor es un absoluto, un ánimo totalizador, el ensimismamiento del verbo, la carne y el espíritu. Además de una combinación de dopaminas, serotoninas, oxitocinas y cosas así, pero no vamos a entrar en ese suelo bioquímico o........
