El silencioso ruido de la espiritualidad crece en España
La directora Alauda Ruiz de Azúa recibe el Goya a mejor guión original por su película ´Los domingos´, durante la ceremonia de entrega de los Premios Goya en su 40 edición / MANU MITRU
Resulta difícil comprender cómo es posible que una película como Los domingos de Alauda Ruiz de Azúa triunfara con varias estatuillas durante la noche de los Goya 2026. Resulta sorprendente porque se trata de una buena historia, sí, pero no exenta de morosidad y carente de grandes pretensiones para la gran pantalla. Además, al mismo tiempo, aborda el tema de la vocación religiosa de una manera limpia, sin caer en la tentación de cargar contra la Iglesia —aun tratándose de una controvertida vocación de clausura —, así como tampoco desvirtuándola de la complejidad de una decisión que al espectador le cuesta comprender para una joven occidental. En otras palabras, diríase que el mérito de Alauda Ruiz de Azúa es el de ser capaz de no manipular maniqueamente un argumento polémico que, a los ojos de nuestra sociedad, se presta para rechazar la decisión de la joven protagonista. Sin embargo, la película escuece y remueve principios e ideologías que no son precisamente las que se están promoviendo en el cine español. De hecho, aquella misma noche la actriz Silvia Abril se pudo permitir cargar contra la comunidad cristiana, animar a los jóvenes a que se alejen de la fe y criticar “el chiringuito montado por la Iglesia”. No es algo que desentone en el ambiente de la cultura española y hacerlo no tiene un gran coste personal, sino más bien tiene repercusiones positivas, como colgarse un pin contra el genocidio palestino en el contexto actual.
Es por todo ello que sorprende el triunfo de Los domingos. ¿Cómo es posible que una película mojigata y nada del otro mundo hiciese saltar la banca? La respuesta está en los números: una recaudación histórica de 4.327.735 euros y 681.868 espectadores, antes, por supuesto, del fin de semana en el que comenzó a ser proyectada por la plataforma de Movistar Plus donde en pocas horas acabó posicionándose entre las más vistas. Los Goya no pudieron dar la espalda a un éxito en taquilla sin precedentes, ni a una directora nada sospechosa de proselitismo. Sin el respaldo del público el resultado hubiera sido muy otro para Los domingos, pero, del mismo modo que sucede con el boca a oreja de un libro, el veredicto democrático de la calle la catapultó a la fama. Y, evidentemente, esto nos conduce a otra inevitable pregunta: ¿por qué el público apostó por una película claramente religiosa?
La respuesta no deja de ser compleja y diversa, pero yo creo que apunta a que, más allá de lo políticamente correcto o de la moda, existe un nuevo interés por lo religioso. Tal como escribió el escritor e intelectual francés André Malraux, “el siglo XXI será espiritual o no será”, porque es un hecho que existe una crisis del mundo moderno y una necesidad de búsqueda de sentido que los jóvenes proyectan de múltiples maneras. Desde las prácticas del mindfulness, el deseo de participar en diferentes voluntariados o la adscripción a movimientos ecológicos que persiguen el cuidado del planeta. Y, por supuesto, también existe ese interés hacia lo religioso. De no ser así, ¿cómo podríamos explicar un disco tan espiritual como el de la popular cantante Rosalía? ¿Cómo entender que personajes públicos como Mónica Naranjo o Jaime Lorente, por poner ejemplos rápidos, expresen su fe de una manera abierta y desnuda en la jungla del mundo del espectáculo? ¿Cómo analizar los miles de influencers cristianos que se mueven por las redes y crecen año tras año sin prejuicios de ser juzgados? Tiempo atrás había vergüenza y miedos, pero ellos también han salido del armario y hoy se han convertido en una moda que intenta rebelarse contra unos valores con los que muchos ya no se identifican.
Este es el germen del éxito Los domingos. Es difícil saber lo que piensa una mayoría porque, como en unas elecciones, se mantienen discretos, de perfil diría yo, hasta que toca colocar la papeleta en la urna y salta la sorpresa. Sin embargo, fenómenos como estos pueden servir para establecer un termómetro social. Creo que esta realidad es una oportunidad para sanar heridas. La animadversión que existe hacia la Iglesia en algunos ámbitos puede llegar a ser comprensible, pero ya no es admisible si queremos construir una sociedad plural, tolerante e inclusiva. En este sentido, el Papa Francisco realizó una gran labor de sanación y acercamiento al mundo de hoy. Sin embargo, también es una oportunidad para que la Iglesia aproveche esta tierra abonada para mostrarse cercana y superar lenguajes, liturgias y vestimentas que funcionaban en el siglo XIX, pero que hoy espantan a muchos que intentan acercarse. Hay movimientos tercos en esto, con sus motivos, desde luego, pero ciegos ante las posibilidades que trae el nuevo milenio. Coyunturas como la de los últimos Goya donde, contra todo pronóstico, los espectadores auparon a una monja de clausura con la que no es muy difícil identificarnos en el mundo de hoy, pero que atrae. Sin entender muy bien por qué, pero atrae.
