El veneno más letal de la democracia (y su antídoto)
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En septiembre pasado, durante una comparecencia ante una comisión del Consell Valencià de Cultura, mi amigo Juan Antonio Roche, catedrático de Sociología de la UA, vino a decir que el amor es un pilar fundamental de la democracia, afirmación que sorprendió agradablemente a los presentes y que fue incorporada al informe correspondiente por parte de la ponente.
Como no era este el tema principal de la comparecencia, no se profundizó en ello, pero la idea quedó, como digo, impresa en la mente de los miembros de la comisión. Era una de esas conclusiones que todos aceptamos como ciertas cuando las oímos, aunque nunca antes nos hayamos parado a reflexionar sobre ellas.
Odio, enemigo de la democracia
Si aceptamos que el amor es un pilar fundamental de la democracia es porque identificamos al odio como su principal enemigo.
El odio simplifica la realidad, busca culpables, no soluciones. Prioriza la emoción sobre el dato, por lo que la verdad importa menos que la narrativa que confirma los prejuicios propios.
El odio erosiona la cohesión social y favorece la polarización, desincentivando la participación moderada (los ciudadanos dejan de votar por programas y pasan a votar por el rechazo visceral al otro).
El odio convierte al adversario en enemigo y rompe los puentes del diálogo. Normaliza la violencia verbal y puede abrir la puerta a la violencia física. Premia a los líderes que gritan más, no a los que gestionan mejor.
El odio alimenta el populismo autoritario, justificando la supresión de controles democráticos.
Si el odio es veneno para la democracia, el amor es su antídoto.
Si bien podemos estar de acuerdo en que el amor, como antítesis del odio, es beneficioso para la democracia, ¿de qué tipo de amor hablamos?
Porque la democracia también incluye emociones fuertes y no todo rechazo es veneno. La indignación, que a veces roza el odio, puede movilizar contra injusticias reales y etiquetar de odio al contrario puede usarse para censurar críticas legítimas. A menudo, lo que se etiqueta como odio es la indignación legítima de grupos históricamente oprimidos.
Autores como Chantal Mouffe argumentan que la política es conflicto, de manera que eliminar la pasión puede llevar a una tecnocracia vacía.
Hay, por tanto, que discernir entre diferencias, conflictos y odio. El riesgo actual no es la existencia de diferencias, sino la deshumanización del oponente. Y la deshumanización la produce el odio.
¿Y qué tipo de amor es el que sustenta a la democracia y sirve de antídoto contra el veneno del odio? Desde luego no es el amor entendido como afecto personal y mucho menos el amor romántico. La gente no tiene por qué amarse para convivir. El amor así entendido también entraña ciertos riesgos, como el caudillismo o amor al líder y el tribalismo o amor exclusivo a un grupo, que conllevan una pérdida de la objetividad. El amor privado tiene preferencia por los allegados y puede dar como resultado el nepotismo o el clientelismo.
Se trata de otro tipo de amor, el cívico, que se fundamenta en el respeto, la tolerancia, la empatía y el sentido de justicia.
El amor cívico reconoce al otro como igual en dignidad y derechos, aunque piense distinto. Busca el bien común, querer que la comunidad funcione, no solo que ganen los que piensan como nosotros. Fomenta el autocontrol moral, renunciando a humillar, excluir o destruir al adversario.
Seguramente para rehuir el significado más sentimental, a lo largo de la historia ha habido quienes han preferido llamar a este tipo de amor de otra manera.
Los aristotélicos prefieren el término amistad cívica, una especie de benevolencia compartida. Aristóteles decía que el pegamento social era la amistad entre los ciudadanos, la concordia, el acuerdo de que todos quieren que la comunidad prospere, la reciprocidad al desearse el bien mutuamente, evitar que los desacuerdos se conviertan en agresiones.
El ideal republicano nacido de la Revolución Francesa lo llamó fraternidad cívica, que reclamaba la igualdad de base ante la ley y la solidaridad frente a la vulnerabilidad. A pesar de las diferencias profundas, los ciudadanos comparten un destino común y el mismo derecho a existir políticamente.
Martha Nussbaum, la filósofa viva más importante en este tema, afirma que la razón pura no basta para sostener una democracia liberal; se necesitan emociones públicas. Para ella, el amor político es una forma de amor intenso por las cosas comunes, es lo que nos hace pagar impuestos con gusto para ayudar a alguien que no conocemos. Frente a las sociedades de extraños en las que vivimos, Nussbaum propone que las emociones políticas sirvan para humanizar el dato (no ver cifras de inmigración, sino personas con historias), crear espacios para rituales comunes (parques, festivales, debates) donde personas que piensan distinto se mezclen físicamente, y fomentar liderazgos políticos que apelen a la esperanza y la unión en lugar de al miedo y la división.
Si el odio es el veneno, el amor cívico (o la amistad cívica) es el sistema inmunitario de la democracia. Alimentémoslo.
