Ética de la máscara: así nos traicionamos
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En una sociedad como la nuestra, donde casi todo queda registrado, ejercer con plena tranquilidad la libertad de expresión se ha vuelto cada vez más difícil. Lo dicho hoy puede ser activado y utilizado mañana contra quien lo dijo.
De manera que la ética de la transparencia absoluta basada en el derecho a expresarse libremente -con los límites establecidos legalmente y sin temor a represalias-, hoy en día no solo aparece más utópica -o más ingenua-, sino que además se nos presenta peligrosa.
Pese a mantenerse formalmente el derecho a manifestarse de manera auténtica, no existen garantías de poder evitar las consecuencias desproporcionadas. El disidente no se expone únicamente a la crítica, sino también a la descalificación, a la calumnia y a formas de represalia que pueden afectar a su vida social, profesional o digital.
Cuando la verdad desnuda, la sinceridad total, puede costar la vida social o algo peor, surge la ética de la máscara. Decir lo que uno realmente piensa ya no siempre se percibe como una virtud, sino muchas veces como una imprudencia. La autocensura entonces se normaliza como medio de supervivencia moral en un ambiente hostil.
El camuflaje del yo público
Cada vez son más las personas que sienten que sus convicciones profundas no encajan con el ambiente en que viven y trabajan, y por eso adoptan formas parciales de camuflaje. Callan ciertos valores, recurren a eufemismos y aprenden a hablar sin exponerse demasiado. Su pretensión no es engañar maliciosamente, sino preservar su propia autenticidad en un ambiente que perciben adverso.
Se distingue así entre lo que se muestra públicamente y la creencia íntima, con la intención de sustentar un yo interior firme. No se trata solo de guardar las apariencias, hay también una defensa de la intimidad moral. En entornos que siente hostiles, la persona acaba diciendo aquello que sabe que no le traerá problemas y reserva para espacios de confianza lo que de verdad piensa.
Esta uniformidad verbal se observa en todas las capas sociales, si bien es entre los políticos donde su notoriedad es mayor, ya que se percibe como prueba de lealtad. En consecuencia, son frecuentes las declaraciones hechas no por convicción, sino para confirmar la pertenencia a un grupo o para evitar el linchamiento digital. Esta ética de la prudencia, como eufemísticamente se la llama, contribuye a generar un cinismo blando en el tejido social, donde todos sospechan que nadie cree realmente lo que dice.
La filosofía del ‘como si’ y los precedentes de coerción
Esta disimulación no es novedosa. Filosóficamente, entronca con la obra de José Luis López Aranguren. En su crítica al franquismo, Aranguren denunció la moral inauténtica y teatral de quienes vivían como si fueran católicos auténticos. Esta filosofía del como si servía para cumplir externamente con lo exigido por las autoridades, evitando la represión o el castigo, mientras las convicciones auténticas se guardaban celosamente.
Con este mecanismo de supervivencia, se busca permanecer en la estructura sociopolítica a la espera de una ocasión propicia para transformar la realidad represora. Sin embargo, Aranguren advertía del factor más trágico: el como si evidencia una sociedad enferma de inautenticidad, cuyo síntoma patológico es la enorme tensión moral que sufre quien, para evitar el choque directo con el poder, recurre a una hipocresía que puede desembocar en un conformismo estable.
Llevada al extremo, esta lógica de la disimulación no es nueva. Otras épocas conocieron formas mucho más dramáticas de ocultamiento. La tradición islámica habla de la taqiyya para referirse a la ocultación permitida cuando la vida corría peligro. Y algo semejante ocurrió con el judío forzado a convertirse, el anús, que callaba su fe para sobrevivir. No estamos hoy, desde luego, ante la misma amenaza física, pero el resorte interior -protegerse ocultándose- se parece más de lo que querríamos admitir.
El riesgo de perder la identidad propia
¿Hasta qué punto vivir como si termina vaciando íntimamente a la persona, volviéndola cínica?, venía a preguntarse Aranguren.
La vida estable que proporciona vivir como si tiene un precio altísimo. El yo real -emocional, moral y político- va quedando soterrado. Si este fingimiento se prolonga demasiado, la identidad operativa puede terminar suplantando la verdad interior al olvidar que se está representando un papel. La identidad auténtica puede pudrirse lentamente. La persona se vuelve funcional, pero a costa de perderse a sí misma, de quedarse íntimamente hueca.
Esto mismo puede suceder con una sociedad en la que el número de personas que actúan con esta mezcla de taqiyya secularizada y como si profesionalizado crece sin cesar. Una sociedad que corre el riesgo de acabar anestesiada moralmente, confundiendo la prudencia con cinismo y la resistencia íntima con el marketing personal de supervivencia.
Aunque incómoda, la pregunta es oportuna: ¿Hasta qué punto es necesario disimular para protegernos, considerando que el fingimiento nos convierte en cómplices de quienes, manejando las tecnologías más avanzadas, dirigen a nuestra sociedad hacia esta situación donde la supervivencia exige traicionar la propia voz?
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