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Una de bravas o una de ozempic

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Demi Moore, 63 años y más delgada que nunca / woman

La delgadez extrema vuelve a estar ‘de moda’. Ya es una imagen nítida, repetida hasta el cansancio en alfombras rojas, pasarelas, televisión y perfiles de redes sociales. Actrices, modelos y presentadoras se exhiben con cuerpos afilados, casi etéreos, que evocan inevitablemente el eco de los años noventa y aquel ‘heroin chic’ que convirtió la fragilidad en estética. Ahora, lo que parecía superado, regresa disfrazado de bienestar, disciplina e incluso, porqué no decirlo, éxito. El cuerpo, una vez más, se convierte en proyecto y en escaparate. En una época en la que vivimos obsesionados con la optimización del tiempo, trabajo o productividad, el físico no podía quedarse al margen.

Las redes sociales funcionan como altavoz y gasolina. Nunca antes había sido tan fácil compararse y, al mismo tiempo, tan difícil escapar de la comparación. Se premia la tendencia, la imagen impactante, la transformación radical, la promesa de resultados rápidos... Y, en ese caldo de cultivo y a puertas del verano, se vuelve a hablar de las dietas milagro y soluciones exprés que prometen lo imposible: adelgazar sin esfuerzo, sin tiempo y sin conflicto. Y ahí, cuando es imposible renunciar a unas bravas, unos calamares o unas guildas, aparece el Ozempic elevado a categoría de ‘panacea aspiracional de la delgadez’. Porque, para muchos, más que un medicamento, el pinchacito en un atajo químico hacia un supuesto ideal.

Me gustaría estar delgada, sí, pero me gusta comer de lo que me gusta y los años me han ayudado aceptarme, por eso me gustaría recordar algo obvio: cada cual tiene derecho a hacer con su cuerpo lo que quiera. Faltaría más. Pero el problema empieza cuando la decisión deja de ser libre y pasa a estar condicionada por una presión constante, sutil pero implacable.

Así, frente a esta corriente, quizá el gesto más subversivo sea recuperar el placer. El placer de comer sin culpa, de disfrutar de la comida como cultura, como encuentro o experiencia. Todos lo sabemos, excepto cuando tomamos algo rápido delante del ordenador, comer no es solo ingerir calorías. Comer es compartir, celebrar y conseguir parar el tiempo.

No se trata de negar la estética ni de demonizar el cuidado personal, sino de ensanchar las miras. De permitir que en ‘la moda’ y en los escaparates quepan más cuerpos porque la belleza no es solo tener una talla 36 como tampoco es lo mismo tener 20 o 50 años. Porque lo más bonito es la diversidad, el disfrute y la libertad real de ser.


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