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Cuervos

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28.03.2026

El secretario de Nuevas Generaciones (NNGG), Carlo Angrisano, que ha dimitido. / EFE

Hay noticias que lo ocupan todo durante un par de días y, de repente, dejan de existir. Se analizan, se discuten, se subrayan, pero una vez han cumplido su ciclo en la esfera pública, desaparecen. No queda tiempo para ver qué decían realmente. Hace unas semanas ocurrió algo así. De hecho, hubo dos de esas noticias casi a la vez.

Un dirigente joven, formado durante años en Nuevas Generaciones, decide marcharse y pasarse a Vox. No era cualquier dirigente, sino el secretario general de la organización. Pero se explicó rápido y con casi todo lo que se podía decir. Decisión personal u oportunismo. Cada cual encontró su explicación. La política está llena de trayectorias así. Cría cuervos.

Casi en paralelo, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, apuntaba en Bruselas que el “viejo” orden internacional basado en reglas ya no podía entenderse como un marco rígido, que había que flexibilizarlo para adaptarlo a un mundo más áspero Se discutió, se criticó y, como suele ocurrir, se olvidó. En cuestión de días, ambas cosas dejaron de ocupar la palestra política porque el tiempo ya estaba en otra parte.

Quizá por eso merece la pena volver a ellas sin la urgencia de entonces. Porque en el fondo, las dos hablan de lo mismo: de las lealtades que se desplazan hasta el límite y, a veces, se rompen.

No es nada nuevo. Por ambición, convicción o desesperación, la política siempre ha conocido mudanzas de lealtad. Roma ya la sintió cuando la daga de Bruto interrumpió el destino de César. Fernando VII traicionó en Castilla la promesa constitucional. En 1933, la democracia cristiana de Weimar cedió ante el ascenso de Hitler, creyendo pilotar una maniobra táctica y que terminó contribuyendo a una catástrofe de alcance histórico.

En ninguno de estos casos la ruptura se presentó como tal. Más bien se justificó en su momento la necesidad de adaptarnos para evitar algo peor. Los que debían sostener el equilibrio del sistema aceptaron conscientemente alterar sus propias reglas. Y el resultado es de sobras conocido.

Por eso conviene volver a esos gestos pequeños que ya nadie recuerda. Porque un cambio de partido no altera por sí solo el rumbo de nada. Y porque Von der Leyen cuestionando el orden internacional basado en reglas no basta por sí solo para derribar el sistema. Pero ambos forman parte de la misma conversación. La pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿qué estamos dispuestos a tolerar antes de que el terreno se vuelva inestable?

Ese es el punto delicado en el que se encuentra hoy buena parte de la derecha europea. La tradición democristiana, que durante décadas fue uno de los pilares del proyecto europeo, no se define solo por sus políticas, sino también por un cierto sentido del límite moral. Hoy ese equilibrio se está moviendo.

Hace tiempo que el PP debería haber aprendido a convivir con las fuerzas que habitan los márgenes del sistema y que la erosión de la confianza rara vez ocurre de golpe. Cría cuervos y te sacarán los ojos. Aunque, quizá, el error sea pensar que se están criando cuervos cuando, en realidad, lo que empieza a levantar el vuelo son águilas.


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