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Paseos académicos V. Puertas a Hammershøi

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22.04.2026

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Cuando miramos un cuadro en un museo, a veces es difícil resistirse al “efecto cinta transportadora”, ese desplazamiento silencioso en el que, sin que los pies se muevan de su sitio, nuestra atención empieza a migrar al cuadro de al lado. Ocurre con mucha frecuencia en museos que visitamos por primera vez, donde a veces nos invade una consideración desmedida hacia cada una de las obras, como si antepusiéramos a nuestro disfrute una especie de democracia de la atención. Julian Barnes cuenta una anécdota graciosa sobre la visita que hizo a un museo italiano con el pintor Howard Hodgkin. Mientras Barnes y su mujer se detenían ceremoniosamente delante de cada uno de los cuadros de las primeras salas, Hodgkin despachaba el museo entero en diez minutos. Al rato regresó y le espetó al matrimonio: “Dejad de perder el tiempo con esta basura, guardad vuestra energía visual para los dos o tres cuadros medio decentes que hay quince salas más adelante”.

Aunque el “efecto cinta transportadora” es más fácil de conjurar en lugares que conocemos, donde no vamos con las prisas ni la glotonería del turista, no siempre se logra. Podría echarle la culpa a las redes sociales del alelamiento que hoy me impide concentrarme en el Bodegón de limones de Juan de Zurbarán, que tantas veces ha justificado mis visitas a la Academia de San Fernando. Pero eso sería buscarse una excusa: hay que asumir que a veces uno sencillamente no tiene el día. Los deslumbramientos, estéticos o de cualquier otro tipo, no pueden forzarse.

Camino hacia el bodegón de Zurbarán pero me doy cuenta de que su atracción no es tan fuerte como otras veces. Aunque mis pies me llevan hacia él, mi atención se dirige al vano de acceso a la siguiente sala, donde me adelanto ya a la visión de otros cuadros. Miro distraídamente el bodegón durante unos segundos y enseguida desando mis pasos. Desde el centro de la estancia veo cómo se abre la siguiente sala........

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