Para salir de la miseria intelectual
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H se presentó en la redacción de La Nación Dominical. Su aspecto era anodino e intrascendente y sus principales miserias, calcetines rotos y camisa manchada, las ocultaba tras unos modestos, pero limpios, zapatos de gamuza y una chamarra de cuero no tan arruinada. Pidió, con total seguridad, hablar con el director, un filósofo de reconocido prestigio que llevaba el suplemento con más pesar que vocación. La secretaria, que había desarrollado un ojo clínico para detectar a los lunáticos que, bajo el influjo de la marea alta o la luna llena, acosaban las oficinas del mejor suplemento cultural del puerto, le preguntó si tenía cita y, al descubrir que no, le dijo que no estaba, que se encontraba de viaje en Varsovia y que no volvería en siglos. Quizás milenios. Impertérrito, pidió hablar con la jefa de redacción, una novelista de fuste y hermosas piernas. Le dijo que estaba en Junta, con una jota enfática y mayúscula. Pidió con el secretario de redacción, un joven pasante de letras, más impetuoso que sabio. Le contestó que estaba reunido justamente con la jefa de la ídem y que no saldrían nunca de esa reunión. Dejó un sobre encima de su escritorio y se marchó farfullando insultos en........
