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poesía y poder

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13.02.2026

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La concesión del Premio Juan Rulfo al escritor cubano Cintio Vitier hace justicia a 65 años de entrega a la literatura y la historia, desde una idea poética del mundo, que hoy nos parece más la herencia apagada del siglo XIX que alguna posibilidad de escritura para el siglo XXI. Julio Ortega, presidente del jurado, ha dicho que Vitier es "el último escritor que cree en la poesía como un camino esencial de perfección y que, como Mallarmé, a quien tradujo, cree que los poetas pueden devolverle a su tribu un lenguaje más cierto".1 De modo que este premio, además de un acto de justicia, es un ritual de nostalgia, en el que asistimos al ungimiento de una criatura en extinción: el Poeta, en tanto Príncipe del Parnaso, Monarca Secreto de la Ciudad, que atisba las encarnaciones de la Metáfora en la Historia y reclama una educación lírica para que el ciudadano vislumbre al fin la Imagen de la República. Quien conozca la elocuencia de Vitier sabrá por qué estas mayúsculas no son meros artilugios de la prosa.     El mejor crítico y biógrafo de Vitier ha sido el propio Cintio. En la estela de sus autointelecciones se ubican las lecturas de sus discípulos cubanos más jóvenes: Emilio de Armas, Enrique Saínz, Jorge Luis Arcos, Enrique Ubieta.2 Esta múltiple condición, de poeta, narrador, ensayista y crítico crea vasos comunicantes entre los géneros de su escritura, pero también propicia una ambigüedad, un espejismo de valoraciones, en el que la crítica y la historia se vuelven vías de afirmación de un discurso poético o histórico e, incluso, de una ideología. Esto último es perceptible, sobre todo, en las lecturas que Vitier ha realizado de sus dos genios tutelares: José Martí y José Lezama Lima. El Martí y el Lezama de Vitier son rígidos emblemas de una concepción poética de la historia de Cuba que no tolera refutaciones, ni siquiera, en el propio terreno de la poesía.     En Experiencia de la poesía (1944), Vitier evocó su iniciación lírica bajo la sombra de Juan Ramón Jiménez. Sus dos primeros cuadernos, Poemas (1937-1938) y Sedienta cita (1943), fueron escritos en plena invocación del autor de Lírica de una Atlántida, quien ofrecía a su joven discípulo cubano "aquella ternura natural por lo mínimo armonioso y sugerente de una nostalgia absoluta convertida en método y forma insensibles".3 Fue a partir de Extrañeza de estar (1944) y De mi provincia (1945) como la lectura de dos poetas hispanoamericanos, César Vallejo y José Lezama Lima, hizo a Vitier abandonar esa "distancia óptica, que le aseguraba un reposo y una libertad encubridores de su rigidez última".4 En el primero encontró la carnalidad de una imaginación cristiana, el "hombre poético que pulsa los nervios del pecado"; en el segundo descubrió la noción del poema como marea o espiral ascendente de metáforas, que "sube propagándose y a veces girando mediante un proceso activísimo de saturación".5     Así, con sólo veintitrés años, Cintio Vitier se hizo de una mínima poética. Entre 1944 y 1952, Vitier escribió la que es, para mi gusto, su mejor poesía: Extrañeza de estar (1944), De mi provincia (1945), Capricho y homenaje (1946), El hogar y el olvido (1946-49) y, sobre todo, Sustancia (1950) y Conjeturas (1951), dos cuadernos formidables, que deslumbraron a Octavio Paz, atravesados por el extrañamiento y la duda, en los que el poeta narraba la batalla espiritual que se libraba en su interior: la guerra íntima entre la sustancia y el imposible, "la batalla honda y angustiosa / entre lo izquierdo y lo derecho… / entre los infiernos suaves y los atroces paraísos / y las acciones rápidas como rayos / o lentísimas como descomunales nubes / que se disputan el tesoro".6     Toda esta poesía se miraba en el espejo intelectual del primer fragmento de la Poética de Vitier, titulado Mnemósyne y escrito entre 1945 y 1947. Aquí el poeta entendía la reminiscencia no sólo como una vía de conocimiento, a la manera de Platón, sino como una función poética que dotaba de sentido al tedio de los "hechos sucesivos" y llenaba de presencias espirituales el vacío de la Historia.7 Al esgrimir la Memoria como una entidad correctora del Tiempo, Vitier no pensaba únicamente en el devenir universal, sino en la trama nacional que se escenificaba ante sus ojos: la República cubana, precipitada hacia su segunda frustración, es decir, hacia el desencanto que sucedió a la Constitución de 1940 y, sobre todo, a la elección presidencial de Ramón Grau San Martín en 1944. La revista Orígenes, fundada por José Lezama Lima ese mismo año, ofrecería algunos de los más elocuentes testimonios de la segunda frustración republicana. El reverso lírico de aquella poética de la evocación, concebida por Vitier, fue, justamente, el poema "Memoria", del cuaderno "El Hogar y el olvido" (1946-49):

¡Memoria siempre de una venturanza,     dichosa calidad de lo vivido,     en desesperación o en esperanza!     Más que ser y soñar es haber sido,     y mayor que el dolor de la añoranza     es el bien a que alude lo perdido:     su voz de oscura bienaventuranza.     ¡Oh festejo anhelante y dividido     por cada espuma que el azar sellado     en la costa ilumina de mi ausencia!     ¡Oh deslumbrada luz de lo olvidado,     mirar la noche hasta la transparencia     del tiempo amante y el espacio amado:     tierra de frenesí; cielo de esencia!8

¡Memoria siempre de una venturanza,     dichosa calidad de lo vivido,     en desesperación o en esperanza!     Más que ser y soñar es haber sido,     y mayor que el dolor de la añoranza     es el bien a que alude lo perdido:     su voz de oscura bienaventuranza.     ¡Oh festejo anhelante y dividido     por cada espuma que el azar sellado     en la costa ilumina de mi ausencia!     ¡Oh deslumbrada luz de lo olvidado,     mirar la noche hasta la transparencia     del tiempo amante y el espacio amado:     tierra de frenesí; cielo de esencia!8

En algunos de sus textos autobiográficos —El violín (1968), De Peña Pobre (1978), las Conversaciones con Arcadio Díaz Quiñones (1979-1980)— Cintio Vitier ha contado que entre 1952 y 1953 sintió la urgencia de convertirse a la religión católica. En unos apuntes de 1983, titulados Hacia De Peña Pobre, dirá: "Ya a principios de 1953, sabía o presentía, por algunas señales, que se cerraba para mí un ciclo y que todo lo anterior adquiría una calidad de vísperas."9 Esta conversión al catolicismo, en plena adultez, logró importantes reflejos en su poesía. Uno de los primeros fue el poema "Palabras del Hijo Pródigo", en el que describe la comunión con Cristo como un acto de reconocimiento en los otros hombres y de aceptación de la voz del Señor como un canto de alegría.10 Sin embargo, la nueva religiosidad será asumida plenamente en el cuaderno que sigue, Canto llano (1953-1955). Allí, en una virtual transcripción del Himno al Cuerpo de Cristo de Santo Tomás de Aquino, Vitier le asignará a la poesía la tarea de cantar los misterios de la creación: "Canta, lengua, la alabanza / de los gloriosos misterios / y la vida como un rayo / desde el polvo hasta lo eterno… / Canta, lengua, con la voz / que en ti se está deshaciendo, / como la lluvia en la grama / y la nieve sobre el heno."11     Toda conversión, dice William James en las lecciones novena y décima de The Varieties of Religious Experience, se verifica sobre un estado psicológico de culpabilidad que impulsa al sujeto a una regeneración espiritual.12 La conversión, como se manifiesta en los célebres casos de San Pablo y San Agustín, es un renacimiento de la criatura dentro de la hermandad cristiana. Pero, ¿cuáles eran los pecados contra los que reaccionaba la culpa de Vitier? A juzgar por un hermoso pasaje de su novela de memorias De Peña Pobre, aquellos pecados no eran más que los síntomas de una melancolía en la modernidad, de un malestar en la cultura profana o, más bien, de una desorientación en la Historia, similar a la que por aquellos años sintieron Sartre, Camus o el Cioran de Silogismos de la amargura (1952), especialmente, el de "Vértigo de la historia" y "En las raíces del vacío".13 Una melancolía, estudiada recientemente por Dany-Robert Dufour, que aquejó a la primera generación de la Segunda Postguerra, la cual debió asimilar espiritualmente, desde referencias decimonónicas, el auge de la sociedad hipermoderna, regida por la tecnología y el mercado:14

Y ahora la voz que........

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