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Carta desde Santiago: La ola muerta

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12.03.2026

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En la escena de la muerte de Belmondo en Nouvelle Vague, la película de Richard Linklater sobre el rodaje de À bout de souffle, me saltó a la vista un edificio en construcción detrás de él. En mi casa revisé la película de Godard. El edificio está idéntico. Absolutamente idéntico. ¿Cómo va a estar un edificio en construcción durante sesenta años en la calle Campagne Première? Linklater lo encontró, o lo reconstruyó, o hizo lo que fuera necesario para que estuviera ahí. Ese detalle dice todo lo que hay que decir sobre su película y sobre el problema que plantea sin proponérselo.

Richard Linklater es tejano, perfectamente suburbano, autor de Dazed and Confused y de Escuela de Rock. No es un cinéfilo europeo ni un heredero natural de la Nouvelle Vague. Es exactamente por eso que podía hacer esta película. Un francés la habría hecho con ironía o con reverencia. Linklater la hace con la precisión de un obseso, que es la única actitud posible ante Godard: ir a buscar el edificio exacto de la calle Campagne Première, reproducir cada encuadre, confirmar en archivos y entrevistas que la personalidad de Godard tal como aparece retratada –sus peleas con el productor Georges de Beauregard, con Jean Seberg, con el mundo entero– no es una exageración sino un retrato fiel. Llevo días revisando esas entrevistas. Cada detalle confirma.

¿Vale la pena darse ese trabajo? Sí y no. La película no es profunda, escucho que dicen. Pero tampoco es profunda la........

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