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Espías sin embajada

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El espionaje es una actividad con gran potencial literario y cinematográfico; prueba de ello es que no dejan de aparecer ficciones, crónicas, películas y series basadas en espías reales, especialmente relacionadas con la Guerra Fría y con la presencia activa de la kgb en ellas. Cuando parecía que ya lo sabíamos todo sobre este trabajo cuyos contratos parecen firmarse con tinta invisible, llega otro nuevo libro a arrojar algo más de luz sobre el apasionante asunto. El más reciente que se ha publicado en castellano es Los ilegales, del periodista británico Shaun Walker, corresponsal en Moscú durante años para The Guardian y buen conocedor de la política rusa contemporánea.

Al estilo de la serie The Americans, donde la impecable pareja formada por Elizabeth y Philip Jennings –vecinos modélicos wasp con dos hijos adolescentes y una vida convencional– resultan ser ciudadanos rusos entrenados para pasar por estadounidenses de pura cepa en plena era Reagan, Los ilegales reconstruye, a través de numerosas entrevistas e información obtenida en archivos, la historia de esa modalidad de espionaje practicada tanto por la Unión Soviética como por la Rusia actual: la de los agentes del Directorio S, aquellos que actúan sin cobertura diplomática, infiltrados durante años bajo identidades fabricadas tras un largo entrenamiento.

Si bien durante la Guerra Fría vivimos el apogeo de esta forma supuestamente anticuada de espionaje, Walker traza sus orígenes y los fecha al comienzo de la Revolución rusa, durante la lucha bolchevique contra el régimen zarista. El desarrollo del ensayo es cronológico: continúa bajo el estalinismo para proseguir con la Guerra Fría y terminar en el siglo xxi, pues, si bien bajo el mandato de Gorbachov y tras la caída de la Unión Soviética el fin de los ilegales se veía próximo, Putin, que había trabajado para la kgb y el fsb (Servicio Federal de Seguridad), restableció esta categoría y la dotó de nuevo impulso en el marco de su política exterior más asertiva.

A lo largo de toda la obra, Walker va encadenando historias de personas reales como la del propio Lenin, quien, en su misión de esquivar a la Ojrana (la policía secreta zarista), fingió ser tanto el doctor Jacob Richter, un alemán instalado en Londres con su esposa, como el también alemán profesor Müller. De hecho, tal como afirma Walker, Lenin estaba convencido de que, para tener éxito, los bolcheviques debían combinar tareas “legales” e “ilegales”, aprovechando las concesiones que otorgaba el régimen. Otras estrellas del espionaje que aparecen aquí son Dimtri Bystrolyorov, apodado el Volador Veloz, y el más sorprendente de todos, cuya vida merece ser novelada: Iósif Grigulévich, apodado Felipe cuando intentó matar a Trotsky en México sin éxito, y más adelante metamorfoseado en el diplomático costarricense Teodoro Castro, cuya misión encargada por el mismísimo Stalin fue la de asesinar al mariscal Tito, también sin éxito. De este modo tan rocambolesco, Walker nos va guiando tanto a través de la historia de la Unión Soviética como a través de su manera de hacer política internacional, donde la infiltración a largo plazo pesaba tanto como la propaganda o la diplomacia formal.

La tercera parte del libro, la que el autor dedica al reclutamiento y la formación de los ilegales, es también cautivadora y mantiene al lector pegado a sus páginas, pues se da respuesta a muchas de las preguntas que a menudo nos hacemos acerca de esta realidad tan secreta. Así, aprendemos que a los ilegales se les enseña a tolerar el alcohol para no emborracharse y acabar revelando secretos importantes, se les entrena para memorizar todos los detalles posibles de una situación y leer mensajes encriptados –algo clave para comunicarse con el Centro, el organismo que les encomienda las misiones–, buscando moldear un carácter que sea al mismo tiempo el de “un inconformista escurridizo y virtuoso, y un servidor leal y obediente del Estado soviético”. ¿No sería esa, de algún modo, una buena definición de Vladimir Putin? Su deseo de enmendar el agravio causado por el derrumbe soviético llevó al renacimiento de los ilegales, realidad que se detalla en la última parte del libro. Si pensábamos que esta práctica estaba algo demodé y que hoy el espionaje se lleva a cabo más bien desde las embajadas, con la expulsión generalizada de diplomáticos rusos tras el comienzo de la guerra de Ucrania, los ilegales han vuelto a proliferar. El libro recuerda inevitablemente el llamado “programa de ilegales” desmantelado en Estados Unidos en 2010, cuando el fbi detuvo a varios agentes rusos que llevaban años integrados en la vida norteamericana.

“¿Cuántos siguen por ahí? ¿Cómo se supone que vamos a encontrarlos?”, se pregunta Walker en las últimas líneas de su libro, y obtiene esta respuesta de un agente de inteligencia occidental: “Si te soy sincero: no lo sabemos.” ~


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