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Madre Nieve

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20.12.2025

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Recuérdame

La ciudad se desdibujó la noche en que la nevada la azotó con una ferocidad que nadie había previsto. Parecía que un titán ancestral hubiera soplado sobre las calles, convirtiendo cada esquina en un remolino blanco que no permitía ver más allá de un par de metros. Entre esas franjas de nieve furibunda la madre salió de la casa al cabo de la discusión más violenta que la familia al filo de la ruptura había atestiguado hasta entonces. El padre la vio tomar el abrigo como quien arranca una página de un libro y la deja volar al viento. Luego escuchó el portazo, el sonido seco que en retrospectiva pareció no solo un colofón sino un desgarrón en el lienzo de la realidad.

La nevada la engulló de un solo mordisco.

En las horas posteriores el padre llamó a la policía, a los hospitales, a sus suegros y cuñados, a las amistades más cercanas, incluso al viejo vecino con quien no solía interactuar pero que bastante sabía de caminatas nocturnas y extravíos. Nadie había visto nada. Nadie sabía nada. La tormenta se había vuelto una suerte de borrador absoluto: se llevaba calles y direcciones, huellas y rostros, rutas y vericuetos. La desaparición de la madre quedó inscrita en un silencio inmaculado.

Durante las jornadas inciertas que siguieron, el padre y los dos hijos se movieron como quienes se desplazan a tientas por una mansión desconocida en busca de interruptores de luz. A sus quince años, el hijo mayor se convirtió en un conspirador sigiloso del padre: entre ambos recorrían los mismos puntos de la ciudad, revisaban planos urbanos, hacían llamadas, bebían café recalentado como si en ese ritual hubiese alguna forma de invocación. El hijo pequeño, en cambio, flotaba en la burbuja de sus diez años en una mezcla de esperanza y perplejidad, incapaz todavía de aceptar que la madre hubiera podido evaporarse como un singular componente de la inclemencia climática.

Una semana después, cuando la nevada había cedido y en las calles persistían montículos de hielo similares a ruinas de una antigua batalla librada en el Ártico, el hijo pequeño salió al jardín delantero después de que el padre le pidiera que ayudara a despejar la entrada. El niño, sin embargo, se quedó quieto mirando los copos tardíos —delgados, casi tímidos— que se desprendían de las alturas como mensajes escritos en un idioma críptico.

Se quitó el guante de la mano derecha y la extendió en un ademán instintivo, un gesto aprendido de la infancia........

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