Carta desde Bogotá: Los dos números que cambiaron todo
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Hace unos meses visité a un amigo coleccionista cuya casa, en el norte de esta ciudad “sentada en su villa verde” –como le gustaba escribir a Germán Arciniegas–, es, entre otras cosas, un museo informal de la cultura impresa colombiana. Entre las rarezas que guarda en sus estantes –y las rarezas abundan– encontré algo que no esperaba, porque sus gustos personales apuntan en una dirección distinta: los dos únicos números que se publicaron de Crononauta, una revista de “ciencia ficción y fantasía” editada en Ciudad de México en 1964. Son dos cuadernillos de cubiertas en blanco, negro y rojo, impresos por el Club Mexicano de Ciencia-Ficción con la modestia material que imponían los tiempos y el presupuesto. Aunque nunca tuve esos tics ligeramente ridículos que los aficionados al papel viejo le prodigamos a los objetos que han tenido más historia de la que aparentan, sostuve la revista –lo reconozco– con algo parecido a la reverencia. Porque Crononauta es exactamente eso: un objeto cuyo tamaño no se corresponde con la huella que dejó.
La revista la fundaron dos extranjeros en México: el colombiano René Rebetez y el chileno Alejandro Jodorowsky –quien entonces firmaba todavía con su segundo apellido completo, Prullansky, que sus colaboradores encontraban difícil de pronunciar y prácticamente imposible de recordar–. Junto a ellos, un tercer pilar fue Luis Urías, un chihuahuense estudiante de electrónica que acabaría convirtiéndose en activo artista del proyecto. La revista prometía desde su primer número “llenar un enorme vacío en la literatura de habla hispana”, es decir, el de la ciencia ficción escrita por autores propios. El primer número, de junio de 1964, reunía colaboraciones de Raymond Roussel, Roland Topor, Fernando Arrabal, Homero Aridjis, Enrique Lihn, Nicanor Parra y José Luis Cuevas, entre otros. El segundo incluyó textos de Lawrence Ferlinghetti, Hans Arp, Vicente Huidobro y Charles Fourier. No era exactamente, como se ve, una lista de aficionados al género.
La pregunta obvia es por qué una revista con solo dos números merece ser recordada. La respuesta tiene que ver con lo que representó, no con lo que duró.
Hasta 1964, la ciencia ficción en lengua española era, casi en su totalidad, una operación de traducción: revistas como Los Cuentos Fantásticos (México, 1948) o Minotauro (Buenos Aires, 1964) llevaban al lector hispanohablante lo mejor de Asimov, Bradbury y Clarke, pero apenas producían algo propio. Crononauta fue el primer esfuerzo formal por aglutinar a creadores de habla hispana en torno a una concepción latinoamericana de la ciencia ficción, alejada del optimismo tecnológico anglosajón para acercarse al surrealismo, el existencialismo y la crítica social. Era, en suma, la primera vez que alguien decía en español: este género también puede ser nuestro, y puede sonar de una manera completamente distinta.
El dato tiene su espesor si se considera el contexto colombiano. En Colombia, la literatura de corte fantástico o especulativo ha sido siempre el pariente pobre del banquete literario nacional,........
